¿Cuánto vale un voto en Cuba? Por Javier Gómez Sánchez

 

javiergosanchez09@gmail.com

Fui a votar por compromiso. Realmente me daría vergüenza no ir a votar. Las razones que me llevaron al colegio electoral son estrictamente personales. No tengo ningún cargo ni estoy en vías de promoción a ninguno, ni siquiera soy parte de la plantilla de un organismo estatal. No integro las Fuerzas Armadas ni milito en el PCC. Si hubiese asistido o no, esa información no hubiese ido a parar a ningún expediente, ni pienso que sea recogida en una ¨verificación¨ para trabajar en algún lugar. A nadie le hubiese importado. Pero fui. No soy el único. Algo me hizo ir a votar esa mañana de domingo como muchísima gente en la misma situación que yo.

Nunca pensé en la posibilidad de no asistir a votar. Mejor dicho, sí lo pensé, pero no me parecía una opción. Hay banderas que te impiden entrar, como hay banderas que te empujan a salir. La primera razón que me ¨obligaba¨ a ir a votar eran esas personas que se levantaron mucho más temprano que yo para poner la mesa electoral, montar las cabinas, preparar la urna, que llevaron a sus hijos desde mucho más temprano que un día normal para ir a la escuela, que se rompen la cabeza y fuerzan la vista con la minúscula letra de las listas de electores.

A la mayoría no los conocía, si acaso a algunos de vista. Otros de los que recordaba en las elecciones desde mi infancia habían fallecido o eran demasiado mayores y otros más jóvenes estaban en su lugar. Aun así, cuando se traspasa el umbral, uno que viene de haber criticado todo lo criticable, que acaba de leer y reprochar las biografías de los candidatos que no decían nada de interés, como se persiste en mantener la costumbre. Ni siquiera tratándose uno de ellos del actual delegado, presentado para reelección, aparecía un recuento de su trabajo realizado. Con la pluma en la mente destilando más que tinta, la sosa cáustica de lo impublicable, cuando se entra al lugar, pulcro y digno que esas personas han preparado, usted hace como una transición.

No sé si es al ver la bandera, o a la gente organizada en las mesas, pero se siente especial el instante en que se pasa por ahí. La sensación mil veces más placentera de sacar el carnet para que lo busquen en el padrón, que cuando se saca junto a la tarjeta de banco para pagar en una tienda. Sobre todo algo que llama la atención respecto a nuestro día a día: Lo que ocurría ahí era muy serio, pero no había nadie con ¨cara de tranca¨. Más bien con una ligera felicidad. El colegio electoral es el único lugar en Cuba donde usted entra y le sonríen.

Me cuestioné si valía la pena marcar por algún candidato, o si daba lo mismo dejarla en blanco, o hacerla nula, en definitiva ya lo que ocurre dentro de las tres paredes de la cabina trascurre en soledad y si usted es ateo, lo hace más solo todavía. Uno se cuestiona si de verdad el delegado puede lograr algo, y uno piensa entonces que al delegado le falta ciertamente mucho, muchísimo poder del que debería tener, pero de lo que logra hacer se beneficia alguien que tiene un problema, que si no existiera delegado entonces estaría más solo frente a él. Todo eso pensaba mientras entraba y salía de la cabina de cartón.

Una vecina me saludó, era la mamá de un muchacho que creció jugando en la calle conmigo y que ahora vive en los Estados Unidos. Entonces me percaté de algo en lo que nunca había reparado: Es posible que sea en Cuba donde único se permite en los colegios electorales hacer ¨estancia¨. Siempre algún lugareño va a llevar café, a meter muela, y a pasar un rato para no aburrirse en su casa. Como esas personas que ya votaron, pero se quedan un rato más o acompañan a alguien.  (Ahora logro descifrar por qué no tengo en mi memoria el interior de un colegio electoral en un país cercano habiendo acompañado a personas durante mi estancia ahí, como yo no iba a votar me tuve que quedar afuera)

Lamenté no ir acompañado de mis amigos extranjeros y que pudieran conocer las elecciones en Cuba. Poder hacer fotos o preguntas sin dificultad hubiese dependido del tipo de persona que encontráramos en el colegio. Puede haber alguien que diga que las fotos se pueden usar con mala intención (Un video ya sería peligrosísimo según esa mentalidad). Uno intenta imaginarse cómo algo que se haga en un colegio electoral en Cuba puede ser utilizado por los ¨enemigos de la Revolución¨. Uno se pregunta si la gente que tiene esas reticencias es porque saben algo que uno no sabe, o si es que no están seguros de lo que están haciendo. Cuando uno tiene convicción en lo que está haciendo, en como lo está haciendo, y sobretodo, sabe que lo está haciendo bien, no le importa que le hagan, no una foto, sino un video en alta definición.

Entre el 2015 y el 2017 se desarrolló un intenso debate en las redes y algunos medios de comunicación sobre los problemas del modelo democrático cubano iniciado en la década del 70, y sobre los Órganos del Poder Popular y sus representantes. Corrieron ríos de tinta digital y sobre el papel. La Conceptualización del Modelo elaborada por el PCC hizo énfasis en las intenciones de aumentar (detesto decir ¨perfeccionar¨) los mecanismos de participación popular. Del Congreso del Partido el paradigma del socialismo cubano salió con tres apellidos: sostenible, próspero y democrático.

En ese tiempo el aparato de comunicación de la nueva estrategia para Cuba del gobierno de Barack Obama aprovechó para introducir una supuesta crítica hacia el modelo electoral y parlamentario cubano. En lo que fue realmente una campaña de inducción y construcción de un estado opinión, Cuba Posible, Periodismo de Barrio, El Estornudo, On Cuba, Cartas desde Cuba, y otros medios ¨alternativos¨ hicieron del asunto una de sus temáticas más recurridas. Personas honestas se sumaban mordiendo el cebo del ¨debate¨ sin sentir el anzuelo.

Paralelamente en la prensa estatal (menos en la TV), se desarrollaba un debate real y mejor intencionado sobre el papel del delegado y sus posibilidades, numerosos artículos sobre el tema han sido publicados en Granma, Juventud Rebelde, Cubadebate, Cuba Sí entre otros medios estatales. Aumentados por la participación de comentaristas en sus páginas web y los post publicados en la blogósfera revolucionaria. Varios foros de debate, como el de la revista Temas, dedicaron un amplio espacio al asunto.

Ciertamente crecieron las acciones para al menos bridar más información sobre los procesos electorales y las posibilidades de los ciudadanos: Páginas completas ilustradas en la prensa, sitios web creados, aplicaciones de celular, un programa de trabajo escolar. Las elecciones del 2015 tuvieron una loable campaña publicitaria diseñada especialmente para los jóvenes (Que contrastó extrañamente con la insulsa, fría e impersonal promoción gráfica de este año)

Ha sido muy poco el tiempo y lo concreto, aún de existir la voluntad política, para brindar mecanismos de apoyo para los delegados en su gestión. El choque con empresas y organismos estatales ineficientes o negligentes, en las que siempre el delegado es el elemento más débil, siguen pesando sobre la visión popular de que este ¨no puede resolver nada¨.

Como parte del debate, en el 2016 decidí seleccionar un tema álgido, en el que el proyecto socialista de la Revolución tuviera lagunas que resolver, pero planteándolo desde un punto de vista que marcara una distancia de lo que insinuaban o proponían los defensores del ¨Legado Obama¨. Elegí el trillado asunto del delegado de barrio, pero señalando las dificultades de la democracia popular ante la tecnocracia estatal y la ¨nueva economía¨.

El texto ¨Poderes vs el poder popular¨, publicado en La Pupila Insomne alertaba: ¨Lo que se le debe exigir hoy al Poder Popular es la capacidad de asumir el control popular y democrático de esos nuevos elementos. La situación extrema en que surgieron muchos de ellos en medio del Período Especial, bajo la etiqueta (hoy ya más que obsoleta) de su concepción de entonces de ¨recaudadoras de divisas¨, hizo que la gran mayoría de la población (incluyendo a los mismos delegados y diputados) al no poder acceder a ellos, los consideraran algo fuera de la acción del Poder Popular¨

Y preguntaba, refiriéndome a los temas que se plantean en las asambleas populares: ¿Por qué de la bodega sí, y de las TRD no? ¿Por qué de la farmacia sí, y del Cupet no? ¿Por qué del policlínico sí, y de Etecsa no? ¿Por qué no pueden los ciudadanos exigir justicia y decencia a una cooperativa a la que el Estado le ha entregado un espacio de propiedad pública para la venta de alimentos agrícolas?

Estoy convencido de que el día que el delegado tenga el poder, tomando un ejemplo, de obligar a una tienda local a alargar su horario para que los vecinos puedan comprar artículos básicos cuando lleguen del trabajo, el interés por votar aumentará.

Los resultados de las presentes elecciones fueron ligeramente menores que los de hace 2 años: 89.02 por ciento.  Sin embargo, esta vez hay algo curioso pero clave, los votos en blanco o nulos fueron también similares pero menores en la fracción. Significa que en la medida en que la gente que va a votar es la que realmente está convencida de hacerlo, la calidad del voto es mayor.  

En la prensa del viernes 24 de noviembre podían leerse algunas predisposiciones a los resultados del día 26: Se hablaba de los cubanos que residen en el país pero también en el exterior. La compraventa de viviendas, las repatriaciones con interés inmobiliario y de negocios, entre otros cambios de los últimos años han variado el panorama. Algo que junto a otros cambios en Cuba ha sido escasamente tratado en toda su dimensión en la prensa nacional.

También podían leerse opiniones sobre la falta de ¨conciencia¨ de los que no participan, que equivale a decir que la culpa la tiene la gente porque no entiende. Por suerte este tipo de criterio solo asomó en ese momento y no ha vuelto a aparecer.

Pero lo que no podemos dejar de darnos cuenta es de una disminución del interés real de una parte de la población en participar con su voto. Minoritaria sí, tal vez tan minoritaria que no parezca digna de atención, pero que no podemos darnos el lujo de ignorar. En los días previos y posteriores, varios conocidos me expresaron que no les interesaba asistir. Incluso, en algunos casos, tratándose de personas en su esencia revolucionarios.

Lo que ha cambiado más profundamente desde el 2012 al 2017 ha sido el entramado de la sociedad cubana: Hoy 500 mil personas y sus familias no viven de un empleo en el Estado. Por lo tanto viven fuera de cualquier dinámica social, laboral, profesional, o de doble moral que en el pasado pesara sobre ellos.  En las propias instituciones y empresas estatales, las personas en su mayoría han llegado a un concepto más maduro de la participación ciudadana y del respeto al criterio individual.

Aquellos que pretendieran ejercer presión sobre personas, para que asistan obligatoriamente, no solo ensuciarían la pureza de un sistema en el que las urnas las custodian niños, sino que engañarían a la Revolución. El irrespeto a los derechos del ciudadano a quien primero irrespeta es a los revolucionarios.

Nunca el acto personal de ir o no a votar había avanzado tanto en ser de libre decisión propia como hoy. Lo mejor que le puede pasar a la Revolución en su proyecto democrático es que acuda solamente aquel que esté interesado en hacerlo. Así se convierte en un termómetro válido para medir la capacidad real de convocatoria. Recordemos que Cuba es una democracia en construcción, un país que ha decidido crear un sistema democrático inédito con un modelo propio. Eso solo puede lograrse si no nos engañamos.

Los mecanismos democráticos y el interés de la población en ellos jugarán un papel cada vez mayor en los próximos años, en que una generación de dirigentes con méritos históricos deje de estar al frente del país y sea sustituida por una de méritos estrictamente prácticos y éticos.

La semana anterior hubo elecciones municipales en Nepal  por primera vez en 18 años. (Donde hay dos Partidos Comunistas). Según Telesur solo asistió el 65 por ciento. (También en Miami, donde votó el 15 por ciento) Nuestras cifras al lado de eso resultan espectaculares, pero con quien debemos compararnos es con nosotros mismos, porque no vivimos en Nepal (Ni votamos en Miami). Pongámonos entonces a trabajar para convocar más electores en el 2018, que en materia de democracia será cuando se diga en Cuba la próxima palabra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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4 Responses to ¿Cuánto vale un voto en Cuba? Por Javier Gómez Sánchez

  1. Liborio Guaso says:

    El voto como acto cívico es de un inmenso valor, aunque no tiene precio.
    Pero…… acabo de leer que en Mexico donde por hambre y tradición se venden los votos a cambio de las tradicionales depensas de comestibles ( negocio que para estar a tono con la modernidad ahora se paga con tarjetas electronicas ), pues ya se especula en los medios con el hecho de que producto de la elevada inflación nacional el voto ciudadano bajara en su real valor de compra y asi los votantes recibirian menos, es algo normal en el libre mercado. Adicionalmente otros analizan que como resultado de la pesima situación social después de un desafortunado 2017 el aumento en las necesidades de la población propiciara a los partidos politicos utilizar esa ventaja comercial y pagar menos por los votos, lo que les permitiría comprar una mayor cantidad elevando asi las posibilidades de éxito en las urnas.
    Asi los mexicanos en las próximas elecciones tendran menos dinero y con un menor valor de compra. Los inconformes desde ahora proponen que para las elecciones del 2023 los precios de los votos sean en dollars.
    Lo que tendran con los resultados electorales es muy dificil de imaginar.

     
  2. Pingback: ¿Cuánto vale un voto en Cuba? Por Javier Gómez Sánchez | argencuba

  3. Arturo Ramos says:

    Hermano, tu actur es similar al de millones.
    Juntos continuaremos venciendo!

     

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