“Se muestra ahora el ángel de la jiribilla”

 
José Lezama Lima

Lezama visto por el pintor cubano Jorge Arche

Lezama visto por el pintor cubano Jorge Arche

Poco después del triunfo de la Revolución Cubana, en mayo de 1959, José Lezama Lima fue invitado a participar en la “Operación Cultura”, patrocinada por la Federación Estudiantil Universitaria para celebrar la reapertura de la Universidad de La Habana, que había sido clausurada por la dictadura de Fulgencio Batista. El escritor leyó un texto titulado “Lectura”, compuesto de tres partes: la primera, sobre su experiencia en la manifestación estudiantil contra el tirano Gerardo Machado, el 30 de septiembre de 1930; la segunda, hacía referencia a los conquistadores españoles del Siglo XVI, con énfasis en Hernando de Soto que fuera gobernador de la Isla de Cuba entre 1538 y 1539; y la tercera se concentraba en el “ángel de la jiribilla”, metáfora con que Lezama alude a la nueva vida que se iniciaba en Cuba con la Revolución. Es esta última la que publicamos en La pupila insomne, en homenaje a los cien años del autor de Paradiso.

Se muestra ahora el ángel de la jiribilla

Asoma ahora el ángel nuestro, el llamado para la invocación final ángel de la jiribilla. Igual, por lo menos, al ángel de Bética; superior a la lucha entre el ángel y el duende, en que este riega con niebla y con espíritu de lo errante las alas intermedias.

Ángel nuestro de la jiribilla, de topacio de diciembre, verde de hoja en su amanecer lloviznado, gris tibio del aliento del buey, azul de casa pinareña, olorosa  a columna de hojas de tabaco.

Ángel de la jiribilla, en el asombro, en el perplejo suave. No asombro mofletudo del Eolo. No perplejo en cariátide entre la guayaba amorosa y los reflejos de la bandeja de plata en la frente. Asombro que encuentra el círculo del cocuyo para exorcizar la medianoche. Perplejo que enarca la cola del gallo, para no confundirse en la manera cegadora. Perplejo que encuentra a la pluma verde del gallo.

Jiribilla del paroxismo, de la hondura del frenesí frente a la muerte. Jiribilla que asusta a la muerte y la obliga a la arrecida de la hoja del barbero clásico. Que le hace un cuento a la muerte, que le saca los dientes de ajo para su secuestro en caballo ligero. Rapto de la muerte en caballo pequeño sobre un tambor que llora, que rota en sentido contrario al de las agujas de un reloj.

Ligereza, llamas, ángel de la jiribilla. Mostramos la mayor cantidad de luz que puede, hoy por hoy, mostrar un pueblo en la tierra. Luz que lleva en sí misma su vitral y su harnero. Luz que encuentra siempre su ojo de buey, para descomponerse en la potencia silenciosa de la resaca lunar.

Jiribilla, diablillo de la ubicuidad. Simultaneidad en las estaciones, que unen el oro y el gris, como dos brazos. Como dos brazos que alzan la libertad en el espacio medio en los cuadrados de color y en el tiempo del sueño. Jiribilla inmóvil, la de la tortuga nuestra, que cuando se encoleriza le arranca un jarrete al toro. Tan venerable la tortuga Pei Hei, en el Pabellón de la armonía suprema, en el palacio imperial de Pekín, cuyo rostro esboza un gesto amenazador y terrible, a pesar de que aspira a la longevidad. Lección que aprendemos de la helénica luz, que la tortuga llega al mismo tiempo que Aquiles, el de los pies veloces. Pero hay que tener los pies veloces como la luz.

Jiribilla, hociquillo simpático. Simpatía de raíz estoica. Fabulosa resistencia de la familia cubana. Arca de nuestra resistencia en el tiempo, cinta de la luz en el colibrí, que asciende y desciende, a la medida del hombre, como un templo, como la luz instrumentada por Anfión, del linaje de Orfeo.

Sal de la salamandra, agujereando el fuego, incansable, caída al mar de la en la bahía de los hielos. Ángel de la jiribilla, que cambias la salamandra en la iguana del taino, de lengua con los colores de la llama larga como un brazo, que lleva su braza a los tinajones, donde de noche se guarda el sol.

Ángel de la jiribilla, ruega por nosotros. Y sonríe. Obliga a que suceda. Enseña una de tus alas, lee: Realízate, cúmplete, sé anterior a la muerte. Vigila las cenizas que retornan. Sé el guardián del etrusco potens, de la posibilidad infinita. Repite: Lo imposible al actuar sobre lo posible engendra un posible en la infinidad. Ya la imagen ha creado una causalidad, es el alba de la era poética entre nosotros. Ahora podemos penetrar, ángel de la jiribilla, en la sentencia de los Evangelios; Llevamos un tesoro en un vaso de barro. Ahora ya sabemos que la única certeza se engendra en lo que nos rebasa. Y que el icárico intento de lo imposible es la única seguridad que se puede alcanzar, donde tú tienes que estar ahora, ángel de la jiribilla.

En Imagen y posibilidad. Editorial Letras Cubanas, 1981.

 

 

 

 

 

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