Cuba, tierra de asilo para una hermana chilena. Por Patricia Pérez Pérez

 

Intercambiábamos una tarde mi amiga chilena y yo acerca de un encuentro en la ciudad de Lyon que llevó por nombre y tema « Cuba, tierra de asilo», al cual asistí como ponente en octubre de 2016 para hablar sobre Carlos J. Finlay, el célebre científico e hijo de escocés y francesa nacido en Camagüey. Solveig comprendió después de nuestra charla que quizás ella también debía escribir sus experiencias de exilio y las razones que sustentan su relación afectiva con Cuba.

Recuerdo que le referí mis impresiones sobre el « Proyecto Hogares » y sobre el documental El edificio de los chilenos de Macarena Aguiló y Susana Foxley (2010) presentado en el coloquio y me aseguró que ella también había conocido ese edificio en Alamar, cuando iba con su familia a imprimir con otros compatriotas la revista El Rebelde, del MIR. Le conté que en Lyon se habló de aquellos jóvenes franceses de izquierda que integraron voluntariamente el Campamento « 5 de mayo » en Pinar del Río en el verano del 68, lo que condujo a la supresión de los vuelos aéreos hacia Cuba por orden del general De Gaulle. Otros temas abordados en el coloquio sobre los que conversamos fueron las experiencias cubanas de quien fuera mi profesora de literatura francesa, la intelectual y pianista franco-polonesa Wanda Lekszycka (1927-2012), esposa de Leonel López Nussa ; el valioso intercambio con Marilia Guimaraes Rosa, quien nos narró desde Brasil su odisea personal y su decisión de desviar un avión con sus hijos a bordo en los años sesenta para llegar, como el ya fallecido escritor uruguayo Daniel Chavarría, al único territorio de América que podría salvarle la vida : Cuba. Compartí además con mi amiga el testimonio conmovedor del poeta saharaui de la llamada « Generación de la amistad » Limam Boisha, quien contó con detalles su periplo desde que, gracias a la ayuda de Cuba, salió de los campamentos de refugiados del desierto de Tinduf en Argelia, hasta el arribo de aquel « barco enorme» que le hiciera llegar a la Isla de la Juventud, donde por primera vez vio y tocó la hierba con sus pies diminutos. Allí vivió y estudió, como tantos otros jóvenes de diversas nacionalidades, hasta graduarse de médico.

Generación de la Amistad Poesía saharaui contemporánea, Antología bilingüe Autores : Limam Boisha, Luali Lehsan, Saleh Abdalahi Hamudi, Chejdan Mahmud, Ali Salem Iselmu, Zahra Hasnaui, Bahia Mahmud Awah y Mohamed Abdelfatah Ebnu, todos nacidos entre 1962 y 1974. Traducción al francés: Mick Gewinner Editorial: L’atelier du tilde, 2016 Idioma: Español / Francés 240 páginas.

El coloquio « Cuba, tierra de asilo » fue un momento de particular orgullo para los cubanos que estuvimos presentes allí, quienes reconocimos en las diversas intervenciones la alta estela de solidaridad y de altruismo que ha construido y sigue esculpiendo nuestra pequeña isla caribeña. Convertida luego en plática suntuosa con mi amiga chilena, la empresa humanista de la nación cubana fue también el punto de partida para un retorno al sustrato movedizo de su conciencia, donde se enlazan desde la infancia la patria de Allende, de Neruda y de Víctor Jara con la nuestra y la de toda Latinoamérica. El recuento en primera persona que comparto a continuación con el título « Ese día » es la voz balbuciante de una infancia asolada por el golpe de estado de Augusto Pinochet en Chile y su consabido rosario de consecuencias, la cual nos llega desde los recodos de una memoria rescatada por la adultez. Ojalá sean útiles estas páginas de un Diario de exilio aun en construcción, donde Solveig Kattan García sigue tejiendo la microhistoria de su condición paratópica, gracias a la posibilidad única que le ofrece la escritura de rescatar su memoria y el tiempo.

« Ese día », por Solweig Kattan García*.

« Duerme tranquila, niña inocente… »

Siempre recordaré « ese día » con la voz de mi madre diciendo : « no podrán ir al colegio hoy, están bombardeando La Moneda ». Nosotros, los chilenos, tenemos nuestro 11 de septiembre, único, inesperado, increíble. Nada de lo que dejo plasmado aquí es ficción ; ojalá lo hubiese sido.

A pesar de mis doce años, nadie tuvo que explicarme que desde « ese día », mi vida nunca más sería la misma. « Ese día » no pude ir a la escuela, ni tampoco salir a la calle. Había « toque de queda ». Esa expresión pasó a formar parte de mi vocabulario y comenzó a determinar mi vida futura. Algunos días después de aquel golpe de estado, al salir por mi barrio durante las horas autorizadas por los militares, me acostumbré a ver pasar tanques que hasta ese momento había visto sólo en las películas. De « ese día », he olvidado algunas cosas, pero no lo esencial. No tenía miedo ; eso vino más tarde. Fue como un miedo tardío porque yo quería ser una niña valiente, como Ana Frank, mi heroína. Llegada la noche en Santiago, había que esconderse debajo de la mesa porque se oían tiros en la calle. Más tarde, supe que los estudiantes de Ciencias Políticas habían querido resistir y yo vivía enfrente de la que era su escuela. En mi casa no había tele y escuchábamos por la radio « Cadena Nacional », con una voz siempre masculina que transmitía, no recuerdo si informaciones u órdenes. El tiempo pasaba muy rápidamente y vivíamos aguardando por las noticias, escuchando para saber qué pasaba, esperando entender y tratando de convencernos de que sólo era algo pasajero. Pero no lo fue. Ciertamente, la vida ya no sería como antes. Los adultos hablaban de bombardeo, de resistencia, de esperar armas, de dictadura, de tortura y de exilio. Todo ese vocabulario lo aprendí desde « ese día », sin entenderlo tal vez, pero viviéndolo. Recuerdo que no volví a jugar, pues vivía en un edificio y al salir de mi casa veía a dos militares con armas enormes vigilando de día y de noche. A mí no me parecía que eran malos porque en las películas de cine en esa época, « los malos » eran viejos y regularmente feos. Unos años después supe que muchos de ellos eran jóvenes porque estaban cumpliendo el servicio militar.

Desde « ese día », me había acostumbrado a ver pasar los tanques por la calle y trataba de imaginarme cómo eran por dentro. Ese misterioso monstruo metálico que escondía a varias personas en su vientre y que podía matarnos si no respetábamos el « toque de queda ». Era para mí como un enemigo invisible, cobarde, porque no tenía cara, pero yo seguía sin tenerle miedo. Siempre fui prudente y esa prudencia me ha ayudado desde entonces; esa suerte de intuición que me decía que nuestras vidas dependían desde « ese día » de nuestra sensatez. Sigo sin entender hoy por qué no tuve miedo y me pregunto a veces si simplemente lo olvidé.

En mi casa de Chile habían escasos libros porque eran caros. Teníamos el « Manifiesto comunista » y como me encantaba leer, lo leí teniendo solo once años. No lo entendí todo, pero supe que se podía combatir la injusticia y que las personas que esperaban las armas para poder oponerse al golpe militar, querían luchar contra ella. Hace algunos años, cuando se habló de una enfermera palestina que hizo explotar su cuerpo porque ya no podía soportar más atropellos, la entendí. Siempre pensé que si no hubiese salido al exilio con mi familia, hoy yo no estaría viva. Desde pequeña, los héroes que hallaba en los libros y películas de cine, siempre los consideré « valientes ». Cuando escuché que Allende se había suicidado en el palacio presidencial, sin entender mucho lo ocurrido, lo integré inmediatamente en la categoría de « los valientes ». También los libros se convirtieron desde « ese día » en algo peligroso y así aprendí una nueva palabra : « allanamientos ». Había que deshacerse de ellos porque los militares quemaban la literatura « subversiva » que encontraban y podían llevarse presos a los adultos y desaparacerlos. Tuvimos que ser « valientes ». Mi familia era « subversiva » ; nos habíamos transformado de un día para otro en « peligrosos ». Al volver a Chile trece años después, me di cuenta de que las armas que usaban los militares para vigilar no eran tan grandes. Todo me pareció más pequeño : la casa de campo de mi abuela, los naranjales, los patios, la gente. Los olores eran sin embargo los mismos, ese olor de la tierra seca de la Región Central cuando hace calor, el olor del mar y el del abundante marisco.

Mi vida estuvo desde entonces marcada por los viajes, como antes toda mi historia familiar. Mis abuelos llegaron a Chile desde Palestina o desde Asturias buscando una vida mejor en tierras lejanas. Andando por Siria, al final de la invasión a Irak, me encontré con unos jóvenes irakíes que huían de su país. Me preguntaron de dónde era y les respondí : « de Chile ». Uno de ellos me dijo : « Chile, Allende, good ! ». No tuvimos que hablar más ; nos miramos y supimos que teníamos algo en común.Vaya a donde vaya, al decir que soy chilena la gente me sonríe, me acepta. Aunque no conozcan realmente la historia, saben que existió un Salvador Allende que perteneció a la categoría de los « valientes ».

Pocos meses después de « ese día », mi madre me dijo que no hablara con nadie acerca de nuestra situación, porque había personas que « denunciaban » a los allendistas. También me dijo que nos íbamos de Chile ; eso tampoco podía hablarlo con nadie. « Denuncia », fue otra palabra que aprendí en esa época. Los vecinos nos podían delatar y nuestro silencio nos iba a ayudar a salir del peligro. Lo más duro fue el no poder siquiera hablar con el resto de mi familia, el no poder llorar cuando abracé a mi padre y a mi abuela por última vez. Solo viajando en el avión que nos condujo a Lima pude hacerlo. Aunque todos decían que volveríamos pronto, tuve la impresión de que aquello no era cierto. Lloré mirando la cordillera, convencida de que iba a ser un viaje sin fin.

Antes de dejar Chile, estuve en un refugio llamado Padre Hurtado, un antiguo monasterio arrendado por la ONU para protegernos, no lejos de Santiago, donde no podían entrar los milicos. Allí aprendí a sentirme latinoamericana junto a otros niños que llegaron huyendo de la represión militar, instaurada por las dictaduras del Cono Sur. En ese lugar comencé a corretear de nuevo y mis compañeros de juego eran bolivianos, brasileños, paraguayos…Toda Sudamérica estaba en ese lugar hablando con dejes que nunca antes había escuchado. Conocí el suave acento boliviano y la dulzura de la lengua guaraní, que no me parecía tener ninguna agresividad, como algunos suelen decir. Esos niños del refugio se convirtieron en mis nuevos amigos de la noche a la mañana. Pasábamos horas imitándonos unos a otros y tratando de entender por qué estábamos allí. Para Navidades, hubo una misa donde un hombre paraguayo con acento argentino leyó un poema nombrando a los niños del refugio, esos niños que llegaron a Chile pensando que habían dejado atrás el peligro : Renata, Daniela, Américo y muchos otros. Nos dispersamos por el mundo sin entender bien lo que nos estaba pasando. Cada día se nos hablaba de Australia, Dinamarca, Yugoslavia, Cuba. Mirábamos mapas y tratábamos de imaginarnos dónde, en qué punto de la geografía mundial podríamos ser un día felices. Muchos países nos abrieron sus puertas para recibirnos, pero no teníamos elementos de comparación para poder elegir.

Al llegar al exilio en Cuba, después de pasar por Lima, conocí a otros niños latinoamericanos que eran hijos de « desaparecidos », una nueva palabra para mi vocabulario cada vez menos infantil, que representaba el horror y la peor de las injusticias. Tenía un amigo que llevaba siempre un cinturón de cuero de su padre y jamás se lo quitaba, porque era lo único que había conservado de él antes de que se lo llevaran. Por esa época empecé a entender mejor en qué consistía la arbitrariedad, la iniquidad, y a ver cómo los que lograban salir de las casas de tortura llegaban al exilio tratando de llevar una vida normal, sin hablar del calvario que antes habían vivido. En apariencia, lo lograban, tal vez gracias a ese idealismo que siempre nos es tan necesario para poder cambiar las cosas. Algunos no pudieron, como aquel joven compatriota que salía por las noches caminando desnudo. Su familia decía que había sido torturado en un barco de la Marina en Valparaíso.

En el colegio de Chile, durante las clases de dibujo, solíamos pintar barcos enormes con marinos en uniforme impecable y representábamos las batallas que habíamos aprendido en las clases de historia, donde los héroes eran siempre chilenos. Nos habían inculcado ese orgullo de haber ganado batallas contra otros países. Yo no conocía todavía la historia de Bolivía ni de Perú y no sabía aun lo que era la arrogancia. Rindo homenaje a otros héroes que los míos y a todos aquellos que a pesar del terror no se fueron de Chile. Sigo pensando que necesitaron ser muy idealistas para tener el valor de irse a dormir cada noche con el temor inefable de que los militares fueran a buscarlos. También quiero honrar en estas líneas la memoria de los de Calle Santa Fé, de los que regresaron y murieron, o la de los que estuvieron encerrados en jaulas en Uruguay, los más de 30 000 que desaparecieron en la Argentina, sin olvidarme nunca de aquella enfermera palestina. También quiero honrar en estas líneas la memoria de los de Calle Santa Fe, donde murió el doctor Miguel Enríquez (secretario general del MIR), la de aquellos que en el extranjeron fueron alcanzados por la Operación Cóndor, la de los que regresaron y murieron, a quienes estuvieron encerrados en jaulas en Uruguay o los más de 30 000 que desaparecieron en la Argentina, sin olvidarme nunca de aquella enfermera palestina.

El viaje al exilio fue la ocasión de tomar el avión por primera vez. Aquella experiencia nueva me distrajo, ayudándome así a olvidar el difícil momento del paso por el aeropuerto de Santiago. Recuerdo que estaba rodeada de hombres uniformados con sus armas enormes, imágenes que calaron hondo y que con el tiempo hicieron de mí una defensora de la paz. Mi hermana llevaba encima su diario, pero se lo quitaron antes de partir. No se podía llevar nada escrito al salir del país. El primer avión iba en dirección de Lima pero aterrizó en La Paz ya que mi madre estaba enferma. Se le ofreció bajarse allí y ella no lo aceptó ; quizás era una trampa. Al mirar por la ventanilla, vi de nuevo a muchos militares con esa enormes armas rodeándonos y observándonos, como listos para atacar. Hace algún tiempo, haciendo un viaje de Francia a España con mis hijos comprobé que esas llagas no han sanado después de tanto tiempo. Al llegar a la frontera vasca unos militares encapuchados pararon mi vehículo para registrarlo sin permitirme moverme. No les veía la cara y sentí que una rabia venida de lejos y desde la infancia hizo que empezara a gritarles. Mis hijos, muy calmados y tratando de calmarme a mí, no entendieron mi actitud. Ellos nacieron fuera de Chile y felizmente, no tendrán nunca esa angustia que te invade cuando ves un uniforme y cuando recibes órdenes abstrusas como si fueras un criminal, un enemigo. Y no entiendes, porque no hay explicación, ni sabemos por qué « ellos » están armados, por qué el uniforme los hace « superiores », solo porque obedecen a un orden ignoto que debe acatarse verticalmente.

Con los documentos de la ONU nos transformamos en « exiliados », pero más tarde nos explicarían que éramos « apátridas ». Nunca me imaginé que se podía vivir sin patria. Eso no me lo habían enseñado en la escuela. Al bajar del otro avión, me encontré en un lugar que, hasta hoy, he considerado como « único », una isla que sería hasta ahora mi segunda patria, donde aprendería que se pueden tener muchas, como les ocurrió a mis abuelos, como les ocurre a todos aquellos que salen de sus tierras llenos de sueños, de esperanza o de miedo. Fui afortunada, porque no tuve que atravesar fronteras caminando, ni colgada peligrosamente de camiones, ni temerle a la expulsión. En ese momento y punto final del viaje, cuando dejé de ver tanques, fue entonces que llegó el miedo, una desagradable mezcla de agobio y de esperanza que me impedía salir a la calle a pesar de las grandes muestras de cariño. Demoré en darme cuenta de que había llegado a un lugar diferente, donde el ser humano es importante, donde la solidaridad te lo hace olvidar todo, donde me dieron la oportunidad de sentirme « útil » y comencé a vivir una experiencia extraordinaria, en un país « único ». Un cantante escribió por esas fechas algo que constatemente tarareábamos: « Yo pisaré las calles nuevamente … », que tan bien resumía la historia de lo que fue mi patria desde « ese día » y de todos esos instantes en que soñábamos con VOLVER.

*Solveig Kattan García vivió con su familia en Cuba (en Arroyo Bermejo y luego en San Agustín, La Lisa) entre 1974 y 1980. Viajaron después de Cuba a Francia para pedir desde allí el regreso a Chile, pues en ese período la dictadura aceptaba a muchas personas que hacían una solicitud de retorno desde un país « capitalista ». El gobierno de Pinochet no aceptó su regreso ni el de su hermano por razones políticas, por lo que toda la familia decidió permancer en Francia. En 1987 Solveig regresó arriesgadamente a Chile como turista para ver a su padre pero sin permanecer allí por el peligro evidente que corría, en un país que preparaba un plebiscito que el dictador tuvo que aceptar bajo la presión internacional. Por primera vez, los chilenos iban a votar (Sí o No) contra la dictadura. Al ganar el NO, Pinochet se fue del poder, pero como señala amargamente Solveig, « ya había hecho la limpieza ».

Solveig es actualmente profesora de español en un Instituto de enseñanza secundaria en Vendée, provincia del noroeste de Francia.

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4 Responses to Cuba, tierra de asilo para una hermana chilena. Por Patricia Pérez Pérez

  1. Mario Latino says:

    Ejemplos com éste hay muchos de la enorme solidariedad cubana… Cuba contra todos sus enemigos siempre ha sido el país de la l ibertad!

     
  2. Pingback: #Cuba, tierra de asilo para una hermana chilena. | argencuba

  3. Georgin says:

    Cuba, ha sido, lo es, y será siempre una Isla con dignidad, donde la solidaridad esta siempre presente, sin dejar a un lado la resistencia ante el bloqueo que se le impone.Pero no han podido, ni podrán arrodillarla.Saludos desde la hermana Venezuela, un abrazo a las dos grandes protagonistas de este articulo, a quienes conocí cuando estuve en la querida Francia.

     

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