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	<title>La pupila insomne &#187; Myriam Gómez</title>
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	<description>...Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado.                        Rubén Martínez Villena</description>
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		<title>Caín viendo llover en La Habana</title>
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		<pubDate>Sat, 29 Jan 2011 11:14:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[iroelsanchez]]></dc:creator>
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		<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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				<content:encoded><![CDATA[<table class="rw-rating-table rw-ltr rw-left rw-no-labels"><tr><td><nobr>&nbsp;</nobr></td><td><div class="rw-left"><div class="rw-ui-container rw-class-blog-post rw-urid-74110" data-img="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2011/01/cain.jpg"></div></div></td></tr></table><div id="cuerpo" style="text-align:justify;">
<p><strong>Juan Forn</strong></p>
<div id="attachment_7414" style="width: 242px" class="wp-caption alignright"><a href="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2011/01/cain.jpg"><img class="size-full wp-image-7414" title="Cain" src="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2011/01/cain.jpg" alt="Guillermo Cabrera Infante" width="232" height="248" /></a><p class="wp-caption-text">Guillermo Cabrera Infante</p></div>
<p>Leyendo al  pasar descubro que Cabrera Infante tuvo en 1971 un colapso emocional,  trabajando de guionista en Los Angeles. Parece que su plan, cuando  fundió biela, era insertarse en Hollywood y quedarse allá con su  formidable compañera de toda la vida, la escultural Myriam Gómez. Por un  instante pude verlos a ambos vestidos de fiesta, montados en un  convertible que se perdía por una carretera paralela al mar, con el  viento en la cara y el sol poniéndose en el horizonte, hasta que me  acordé de que todo cocktail-party hollywoodense no sólo empieza sino que  muchas veces termina cuando aún es de día, y al instante la imagen se  me hizo humo entre los dedos: sin noche, no hay Cabrera<span id="more-7410"></span> Infante;  cualquiera que haya leído <em>Tres tristes tigres lo sabe</em>. Es cierto que  Cabrera (llamémoslo Caín, como le gustaba firmar a él) pertenecía mucho  más al sol que al cielo encapotado londinense (lo decía él mismo, cuando  alguien le elogiaba su vestuario y su porte impecablemente british: “Si  me quito toda mi ropa inglesa, no se ve nada”). Es cierto que por sus  venas corría celuloide líquido y nadie sabía más que él de la Fábrica de  Sueños (y Myriam Gómez era mucho más Hollywood que <em>Swinging London</em>,  aunque las minifaldas de Mary Quant le quedaban como si se las hubiesen  inventado especialmente). Pero Los Angeles no era para Caín. Esa es la  gran paradoja: que en un oscuro departamento de Londres pudiera convocar  mejor la noche habanera que a la sombra tibia de las palmeras de  Carmel.</p>
<p>Es cierto que la noche que visitaba Caín era la noche de su alma: la  de su Ciudad Perdida. La vieja Habana Vieja se había perdido para  entonces en la noche de los tiempos y Caín necesitaba un culpable, y ese  culpable era <a href="http://lapupilainsomne.wordpress.com/wp-admin/edit-tags.php?action=edit&amp;taxonomy=post_tag&amp;tag_ID=167881&amp;post_type=post" target="_blank">Fide</a>l. Pero no fue Fidel sino Hollywood el que lo quebró.  Aquel colapso emocional desembocó en internación, y durante la  internación lo sometieron a dieciocho sesiones de electroshock, que le  quedaron grabadas para siempre. El miedo a volverse loco se posó como  una sombra negra sobre el paisaje de su Ciudad Perdida, y Caín pasó a  hablar más de la nube negra (su némesis, Fidel) que de su amada Ciudad  Perdida. Los puristas dirán que lo que digo no es cierto, que Caín  publicó en 1979 su última gran novela, <em>La Habana para un infante  difunto</em>. Pero a mí nadie me quita la sospecha de que ese libro ya estaba  escrito cuando le sobrevino el crack-up en Hollywood, y Caín se pasó  los ocho años siguientes viviendo en esas páginas, simulando que las  corregía, hasta que ya no quedó savia en esos papeles que justificara  seguir postergando su publicación.</p>
<p>No por nada, cuando el libro apareció en inglés, traducido por él  mismo, lo retituló <em>Infante’s Inferno</em>: ya no hay Habana sino Infierno, y  el infante difunto está en él. Miren, si no, <em>Mea Cuba</em>, el ladrillo que  reúne toda su “prosa política”, sus escritos anticastristas (empezando  por aquel reportaje tristemente célebre que le hizo Tomás Eloy en  <em>Primera Plana</em>, donde Caín anunció al mundo desde Londres que se ponía en  la vereda de enfrente de la revolución). Todo ese libro habla de la  nube negra; a duras penas se ve Cuba detrás. Siempre me ha llamado la  atención que los disidentes soviéticos (desde Ajmatova y Pasternak hasta  Vasili Grossman y Josef Brodsky) produjeran una literatura tan potente  desde la disidencia y que a los disidentes castristas les pase  exactamente lo contrario: pierden su potencia literaria cuando se hacen  anticastristas, sean cubanos o extranjeros.</p>
<p>Quizás exagere, quizá generalice al pedo movido por la pena. Pero  pocas cosas me han dado tanta tristeza en mi vida de lector como los  libros de Caín posteriores a <em>La Habana para un infante difunto</em>. Pocos  libros del boom amé tanto como <em>Tres tristes tigres</em>. Hasta la famosa  declaración de Caín al respecto (“¿Del boom? Inclúyanme afuera”) me jodía. Cuando los juegos de palabras están realmente vivos, cuando un  tipo que es brillante verbalmente logra apresar verdadera sustancia en  esos juegos de palabras, hace que en nuestro oído nos funcionen los  cinco sentidos. Y difícil estar más adentro de un texto que cuando nos  abarca de esa manera. Eso fue Caín para mí, y para muchísimos otros,  sospecho, hasta que se lo comió la nube negra.</p>
<p>Cuando le preguntaban a Virgilio Piñera por qué no se iba de la  isla, él contestaba: “Quién puede renunciar a su más querida costumbre”.  Cuando se lo preguntaban a <a href="http://lapupilainsomne.wordpress.com/wp-admin/edit-tags.php?action=edit&amp;taxonomy=post_tag&amp;tag_ID=1749837&amp;post_type=post" target="_blank">Lezama Lima,</a> él decía: “El extranjero mata”  (porque su padre murió en el único viaje que hizo al extranjero). Caín,  en cambio, escribió: “Nada mata tanto a un escritor como dejar de  escribir bien”. Era un dardo envenenado, en alusión a la frase de  Jacques Vaché que <a href="http://lapupilainsomne.wordpress.com/wp-admin/edit-tags.php?action=edit&amp;taxonomy=post_tag&amp;tag_ID=554272&amp;post_type=post" target="_blank">Cortázar</a> puso como epígrafe de Rayuela (“Nada mata  tanto a un escritor como tener que representar a un país”) que le volvió  como un boomerang y soltó su carga tóxica por partida doble: Caín murió  por dejar de escribir bien, por tener que representar no a un país sino  a un pedazo de país, o a algo peor: un odio.</p>
<p>Una sola vez logró volver a su Ciudad Perdida después de <em>La Habana  para un infante difunto</em>. El libro se llama <em>Vidas para leerlas</em>. Hay que  leer el título a la cubana (“Vida-pa-leélas”) para disfrutar más la  alusión en clave habanera a las <em>Vidas paralelas</em> de Plutarco, el libro  que en mi humilde opinión inventa toda la literatura (al menos la  literatura que me gusta a mí). Cuando Plutarco supo que los griegos no  veían en Heródoto al Padre de la Historia sino al Padre del Chisme,  dijo: “Exclúyanme adentro”, que viene a ser lo mismo que terminó pasando  con Caín y el boom. Plutarco, como sabemos, hablaba de nobles griegos y  romanos como si los hubiera conocido. Lo mismo hace Caín en Vidas para  leerlas: vuelve, por última vez antes de morir, a su Ciudad Perdida, con  la excusa de hablar de los nobles que supo conocer allí. Difícil  imaginar un libro más crepuscular: parafraseando otro título de Caín, es  una larga, agónica vista del atardecer en el trópico. Luego vendrá la  noche, y ya se sabe lo que pasa en las horas oscuras. El propio Caín nos  lo dice: “¿Por qué uno siempre recibe las cartas con ilusión y en  cambio teme el timbrazo del teléfono por la noche?”. Cada una de las  semblanzas de <em>Vidas para leerlas</em> parece detonada por un timbrazo del  teléfono en medio de la noche. En la frase más conmovedora del libro,  Caín dice: “Detesto escribir necrológicas sobre mis amigos, pero es un  poco como cerrarles los ojos”. Ni el propio Plutarco hubiera sabido  decirlo mejor. (Tomado de <a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-161264-2011-01-28.html" target="_blank"><em>Página 12</em></a>)</p>
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