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	<title>La pupila insomne &#187; bomm</title>
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	<description>...Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado.                        Rubén Martínez Villena</description>
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		<title>Aunque vengan degollando</title>
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		<pubDate>Thu, 31 Mar 2011 11:25:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[iroelsanchez]]></dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<table class="rw-rating-table rw-ltr rw-left rw-no-labels"><tr><td><nobr>&nbsp;</nobr></td><td><div class="rw-left"><div class="rw-ui-container rw-class-blog-post rw-urid-101800" data-img="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2011/03/noc3a9-jitrik.jpg?w=238"></div></div></td></tr></table><div id="cuerpo" style="text-align:justify;">
<h5><strong>Noé Jitrik</strong></h5>
<div id="attachment_10180" style="width: 248px" class="wp-caption alignleft"><a href="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2011/03/noc3a9-jitrik.jpg"><img class="size-medium wp-image-10180" title="Noé Jitrik" src="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2011/03/noc3a9-jitrik.jpg?w=238" alt="Noé Jitrik" width="238" height="300" /></a><p class="wp-caption-text">Noé Jitrik</p></div>
<p>Hubo un  feliz momento, entre 1960 y 1975 aproximadamente, en el que Europa se  fascinó con América latina y, sobre todo, con su literatura, novela y  poesía básicamente. América latina era vista no como una tierra de  promisión, tal como había ocurrido a fines del siglo XIX y comienzos del  XX, sino como tierra dramática cuyas convulsiones parecían irradiar,  contradictoriamente, un envidiable resplandor: tierra de revolución por  cierto pero, al mismo tiempo, tierra de inversión, por las dos avenidas  corrían las imágenes, una y otras despertaban cálidas ilusiones.</p>
<p>La literatura, por su lado, gracias al supuesto despertar –porque  nunca estuvo dormida– que<span id="more-10179"></span> llevó el sonoro nombre de “boom”, era sentida  como un vibrante deber ser frente a la languidez y el cerebralismo que  asfixiaban –eso se creía o se quería creer– esa imaginación europea que  había dado tanto hasta la primera mitad del siglo.</p>
<p>Ese fervor, no tan absoluto pues la literatura europea no estaba tan  caída, duró un tiempo: una lenta recuperación de textos y de autores  que la guerra y la posguerra habían hecho olvidar lo fue apagando en  gran medida, cuando tomó forma en las políticas económicas y culturales  eso que se llamó, con dudoso acierto, la “globalización”, palabra  descuidada si las hay, hoy bastante venida a menos. Si, de acuerdo con  lo que emanaba de su concepto, el mundo era uno solo, si en cualquier  lugar del planeta se podían encontrar los mismos productos y aplicar las  mismas tecnologías y aun los mismos lenguajes, sobre todo los  mediáticos, por qué la literatura latinoamericana debía gozar de un  estatuto especial; simplemente debía competir en un escenario común y  ganar o perder, como en una pelea, sólo que las reglas no estaban  fijadas por todos los jugadores y en virtud de un acuerdo bien  elaborado, sino por los propietarios del estadio, en otras palabras por  los dueños del mercado, o sea las editoriales y sus políticas expansivas  y mercadológicas.</p>
<p>Dejemos de lado el ruido o el rumor que se pudo percibir en el campo  del interés por América latina como tierra de inversión, correlativo  del interés de los países latinoamericanos para atraerlas. En este  sentido, esta palabra –dicho sea de paso– no falta en ningún programa de  quienes –gobiernos, partidos políticos, empresas– declaran que se  necesita que la haya como condición indispensable para salir del atraso y  el subdesarrollo. Palabras, palabras, como decía Hamlet, creo, con  justo escepticismo: se ha visto hasta el cansancio lo que resulta de las  inversiones y de las metáforas ornitológicas que genera, la más  perversa “capitales golondrina”.</p>
<p>Hablemos, entonces, de la literatura cuya presencia en Europa, al  variar su posición y su prestigio, ya no debía ser modelo reanimador de  los exhaustos textualistas del Viejo Mundo. Los pasillos por donde  circulaba la literatura, cada vez más saturados, poblados de agentes  literarios, podían hacer pensar que aquel vivo interés había menguado y  que los escritores latinoamericanos debíamos, resignados, regresar a la  soledad folklórica en la que habíamos aldeanamente sobrevivido, sin ser  ya ni siquiera la materia prima que había permitido sobre todo a  academias construir apasionantes y reveladores estudios sobre nuestra  originalidad y fresca energía.</p>
<p>Es cierto que algunos escritores sobrevuelan y no parecen afectados  por esta situación, no vale la pena dar nombres; otros, más tenaces o  afortunados, no por ello menos buenos, siguen o tienen o han conseguido  tener presencia al menos en las librerías de Madrid y Barcelona, los veo  modestamente exhibidos, en ediciones brillantes –por las tapas–, junto a  exitosos españoles o traducidos, en las catedrales libreriles del Paseo  de Gracia. Pero los que no la tienen son víctimas de una ilusión: creen  que si son publicados en sus países por grandes firmas editoriales,  propiedad de poderosos inversores españoles o alemanes, sus libros irán  de inmediato a todas partes o al menos a las ciudades en las que tales  empresas tienen casa. Ilusión: cada sucursal tiene su propio punto de  vista acerca de lo que se va a vender y, en consecuencia, no acepta los  libros que estima que no van a ser un buen negocio. Algunos escritores  lo saben y apuestan directamente a España, agentes literarios mediante  que funcionan a su turno como primeros lectores, oficinas calificadoras,  distribuidoras de entusiasmo por sus autores, remisos a incluir en su  cartera a escritores que podrán ser muy buenos pero no por eso  merecedores del esfuerzo de venderlos u ofrecerlos o defenderlos. Nada  que ver con lo que nos muestran las películas norteamericanas cuyos  protagonistas son escritores, amados por su agente, cortejados y  requeridos, invitados a comer en los buenos restaurantes de la Quinta  Avenida. Por fin, hay escritores a quienes este universo de  posibilidades ni se les pasa por la mente: escriben donde están,  publican si pueden y si no suelen estar dotados de una paciencia  inconmensurable, cada página, cada libro que producen es una botella que  navega sin destino preciso, sin playas predeterminadas donde se  supondría que tendrían que ir a parar. La literatura, en suma.</p>
<p>Y si ésa es la posición de la literatura latinoamericana en Europa,  tal vez la norteamericana esté corriendo la misma suerte, tal como lo  dio a entender el secretario de la Academia Sueca, esa misteriosa  cofradía de sabios lectores que otorga anualmente los nutridos millones  del Premio Nobel, tan codiciado, tan lejano, tan denigrado cuando son  otros los que lo obtienen. En pocas y lacónicas palabras, como cuadra a  un nórdico, declaró que la verdad está, estuvo y estará en Europa, no en  los Estados Unidos, con gran consternación de numerosos escritores  latinoamericanos fascinados con las eficientes historias  norteamericanas; obviamente, esa verdad tampoco está en América latina y  ni qué decir en los demás continentes.</p>
<p>Sin embargo, pienso que no todo está perdido, claro que en lugares  no perturbados por premios, ventas, ferias, periódicos y salones de  belleza. En universidades europeas, se puede comprobar en España  –principal competidor de nuestra literatura– donde un numeroso grupo de  estudiosos está más apasionado que los latinoamericanos mismos por esta  virtuosa, fresca, audaz literatura. Estuve en un congreso, existe una  asociación integrada por gente que lo sabe todo, que lo investiga todo  desde lejos y que pone en sus obras y sus escritores un vivo interés, en  un movimiento tan pasional e inteligente que uno se siente  reconfortado, hasta creyendo que en ese entusiasmo reside el fuego de la  especie, una razón para seguir creyendo que la lengua castellana, allá y  aquí, sigue poseyendo virtudes extraordinarias y que las tentativas de  un continente y su cultura por ser y seguir siendo en su palabra escrita  tienen ancho sentido, prosiguen su lento camino de afirmación, no  tienen por qué renunciar a nada aunque, como decía el inmortal Martín  Fierro, el mercado “venga degollando”. (Tomado de <a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-165251-2011-03-31.html" target="_blank"><em>Página 12</em></a>)</p>
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