¿Derecho, o galimatías para pasar gato por liebre? Por Ernesto Estévez Rams

 
Vivimos un planeta dominado por la hegemonía del capitalismo-mundo manifestada en formas imperiales y subimperiales, en primer lugar de los EE.UU desde su emergencia luego de la Segunda Guerra Mundial. En un momento de declive de la hegemonía imperial norteamericana en el planeta, vemos la conformación cada vez más evidente de bloques regionales que de alguna manera son contraposición a ella. Esos bloques, en algunos casos, son incluso manifestación de determinadas burguesías nacionales cuyos intereses no tienen que alinearse necesariamente con el de EE.UU.
Por razones históricas y geográficas, Latinoamérica tiene una supeditación a la hegemonía norteamericana mucho más marcada y en condiciones de vasallaje mucho más manifiesto que otras regiones del mundo. Por la misma razón, en nuestra región desde hace décadas se da batalla aguda en términos contrahegemónicos. Las burguesías latinoamericanas carecen, desde hace mucho, de la capacidad y fuerza de erigirse en contraposición a los EE.UU incluso si este limita su propio desarrollo como clase: es una burguesía clientelar.
Hay intentos de determinados sectores nacionalistas de las burguesías latinoamericanas de contraponerse a la hegemonía norteamericana pero su alcance real ha estado muy limitado. Su propia hegemonía dentro de sus países es, si acaso, muy inestable, lo que ha conducido a no pocos golpes de estado y otros derrocamientos violentos mas o menos disfrazados de determinada legalidad “democrática”.
Esa realidad mundial y en particular regional, hace que nuestros ordenamientos jurídicos, incluyendo la constituciones, no son un ejercicio endógeno que se realiza al margen de ese contexto. Ahora mismo esa puja la vemos en la Union Europea donde, en estos días, se discute en términos muy concretos, sobre la relación entre las constituciones nacionales y el ordenamiento político que consagra de manera supranacional el bloque. El Tribunal Supremo polaco ha determinado que determinadas disposiciones de la UE son contrarias a la constitución de ese país.
En Europa esa puja disfraza la violencia con que se dirime detrás de una puesta en escena “democrática”. En otras regiones, no hay mucha paciencia para tales escenografías y estas son desmanteladas rápidamente para mostrar su violencia de manera manifiesta y brutal. Cuando Zelaya quiso cambiar el orden constitucional de su país, con el intento manifiesto de acotar la capacidad imperial de intervenir en él, un golpe de estado terminó aquello rápido y de manera expedita, mientras la Secretaria de Estado Hilary Clinton aplaudía sin pudor la violentación de las reglas teatrales aparentes, y el fin abrupto de la obra con esa intervención deus ex machina.
Las constituciones, como toda la jurisprudencia que emana, en un momento dado, de la organización política de una sociedad refleja correlaciones de fuerzas hacia lo interno y hacia lo externo. Pero, en ultima instancia, como lo analizara Marx, responden a las relaciones de producción subyacentes, cual es la clase en el poder y la solidez de su hegemonía frente a las otras clases.
Pero, desde la emergencia imperial capitalista, de alcance global, esas relaciones de producción y esas correlaciones de clases ya no se circunscriben al país, responden de manera marcada a las relaciones de clase que se establecen a nivel supranacional. Ellas pueden reflejar, por ejemplo, la capacidad de una burguesía nacional de protegerse frente a la invasión de burguesías foráneas.
Los sistemas económicos-sociales no son consecuencia de la Constitución que se dan, es al revés. Las constituciones responden a los sistemas económicos de las que emergen. Eso es argumento ya viejo y conocido, sistematizado por muchos incluyendo en un buen numero de paginas del viejo Marx.
Algunos en sus análisis constitucionales lo olvidan, o quieren que lo olvidemos. Lo nuevo, quizás hoy, es que ese carácter clasista de las leyes, es mas evidente y directo que no se limita a la nación-estado sino que va mas allá de él, por mas que las leyes mantengan su carácter nacional.
En Cuba, todas nuestras constituciones, pero en particular las que han emergido despues del triunfo de la Revolución no son solo manifestación de un determinado ordenamiento económico y político interno, sino responden a un contexto supranacional que determina en ultima instancia nuestra capacidad de ser nación, es decir de nuestra soberanía vista también como un tema de clases.
Todo análisis que ignore esa realidad como hecho esencial, grita más por sus silencios que por lo que dice. Nuestros artículos constitucionales sobre irreversibilidad del socialismo y partido único son, en primer lugar, artículos que responden a ese contexto supranacional, es decir de agresión del imperialismo global, en particular el norteamericano contra Cuba como nación-estado. Verlos desde una perspectiva endógena es pura miopía inconsciente o sesgada. En ese sentido esos artículos no son puramente “ideología”, son manifestación, en el espacio del derecho, de una voluntad de defensa del Estado como representación de la soberanía clasista que nos hemos dado frente al imperialismo norteamericano.
Llama la atención como todo eso se obvia en análisis que pretenden erigir como derecho “moral” justificado por determinadas doctrinas, dictadas al margen de nuestra realidad concreta, acciones políticas en contra de esos preceptos constitucionales y que pretenden reducir el debate a una mera cuestión endógena.
Toda acción política en Cuba determina su carácter, sea del tipo que sea, por el posicionamiento que asume en los hechos frente a la disyuntiva esencial de la nación cubana: su forma de existencia clasista frente al imperialismo yanqui. Toda acción política que le sea instrumental a la agresión norteamericana es, esencialmente violenta e ilegitima, porque le es útil al ejercicio violento de ese imperialismo.
Nuestra batalla dentro de Cuba es por mantener hacia lo interno una correlación de fuerzas socialista aplastante que contrarreste la inmensamente desfavorable correlación de fuerzas de la hegemonía imperialista fuera de Cuba. Nuestras leyes han de responder a esa realidad. Como dijera Fidel en clara síntesis, la Constitución cubana es hija de la Revolución y no viceversa. Y esa Revolución, amparada por nuestra historia, es nacionalista, antimperialista y socialista. Lo demás son galimatías para vendernos gato por liebre.
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4 Responses to ¿Derecho, o galimatías para pasar gato por liebre? Por Ernesto Estévez Rams

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  2. Lancero says:

    Saludos. Excelente. Las llamadas burguesias nacionales,están enredadas dentro de su propio país,y a la hora de la verdad no aguantan la presión del imperio. La ya no tan incipiente burguesía autóctona,comienza a desear más,su estatus debe ser demostrado. Veamos:en el blog de altos vuelos,un forista miembro de Archipiélago,comentaba que había padres opuestos a la asistencia de sus hijos,a las escuelas públicas, y querian escuelas con otra ideología(??).Ciertamente es un llamado a la privatización ,donde los más encumbrados,podrán alejar a su descendencia de las clases inferiores.Cada día que pase,querrán más y más.

     
  3. Pedro L says:

    Hoy estaba releyendo un artículo del publicista, escritor y crítico literario Andréi Rudalióv (RT en ruso 21.10.22) y al leer este artículo suyo, me atreví a traducir el de Andréi para que Ud. apreciase algunas similitudes. Es acerca de la intervención de Vladimir Putin en el reciente Foro de Valdai. Creo q como traducción es bastante cercana a lo que dijo, teniendo en cuenta q no soy profesional. De todas formas le hago llegar el link del original.

    https://russian.rt.com/opinion/920383-rudalev-putin-valdai-konservatizm

    Andréi Rudalióv
    Publicista, escritor, crítico literario
    22.10.2021
    RT en ruso

    Se puede decir que en su discurso en el foro de Valdai, el presidente ruso Vladimir Putin resumió el trigésimo aniversario del orden mundial establecido después del colapso de la URSS. Un tiempo de oportunidades perdidas. Un “fracaso”, cuyo resultado fue”el estado actual del mundo”. Tenso, extremadamente conflictivo y completamente impredecible.

    De hecho la entonces potencia mundial en la cima del poder militar se sacrificó en nombre de un nuevo orden mundial más justo. En nombre de superar el peligro de una guerra mundial que conllevase a la destrucción completa de la civilización humana, en nombre de un nuevo pensamiento y valores humanos y para eliminar la peligrosa confrontación ideológica. Entonces parecía que todas las barreras se habían derrumbado y el mundo se había convertido en un hogar común para todos. Pero todas estas esperanzas se esfumaron muy rápidamente. El mundo que surgió de esas expectativas se ha vuelto aún más peligroso y preocupante.
    En lugar de desarrollar nuevos enfoques para el sistema de seguridad global y en lugar de la unidad, los países occidentales se declararon victoriosos y se erigieron al Olimpo, donde se bañaron en el frescor del excepcionalismo, descansando en sus laureles. Se creó un sistema muy extraño con la interminable fiesta de “ganadores” y charlatanería acerca del bien común y estándares únicos. Los problemas reales no se resolvieron, solo empeoraron. La epidemia del coronavirus mostró esto, que en lugar de colaboración hubo una desconexión aún mayor. Esto lo demostró Afganistán, donde durante 20 años de presencia los Estados Unidos no pudieron resolver ninguna tarea. O por ejemplo, la lucha contra el terrorismo después del 11 de septiembre, la que ha dado lugar a formas aún más monstruosas, y así sucesivamente.
    Se creó la impresión de que ese mismo famoso mundo unipolar se había estancado en el marco de un sistema de dos niveles: arriba los festinados campeones olímpicos, y abajo una plataforma para la demostración de la voluntad egoísta de los autodenominados y excepcionales “dioses”, posando los atuendos de la democracia. Con tal sistema el cambio se hizo inevitable, ya que contrastaba cada vez más con la realidad y se les iba el suelo de los pies. En sentido general no se debió haber hablado de una victoria, sino de que hace 30 años el mundo tuvo una oportunidad, lamentablemente pasada por alto.

    Ahora ha comenzado una era de cambios fundamentales y autóctonos, que conlleva no solo a cambios en los estilos de vida más o menos establecidos amén del peligro de las crisis, sino también a oportunidades. Vladimir Putin hizo en ello hincapié durante su discurso. Y es que estas oportunidades no adquieren un formato utópico, como en el caso de la perestroika soviética, sino realista.

    El discurso de Putin en la reunión del Club Valdai versó acerca de el realismo. Como señaló el presidente ruso, antes, en situaciones similares de cambios sistémicos y la necesidad de resolver los problemas globales acumulados, todo se resolvía a través de “conmociones a escala planetaria: guerras mundiales, cataclismos sociales sangrientos”. El “modelo existente de capitalismo” lleva a tales salidas. Ahora está desactualizado y no responde a la realidad moderna y a las aspiraciones de las personas. Sin embargo, nuevamente las opciones para salir de esa maraña de contradicciones que se está gestando se ofrecen en el mismo formato de conmoción global, solo que ahora será suicida.

    En general y especialmente en los últimos 30 años, la crítica del capitalismo mostraba una cierta y consistente retirada de la alineación ideológica – factor de división – pero ese mismo capitalismo ha vuelto por sus fueros extremadamente ideológicos. En contraposición con ello, hoy se hace hincapié en lo social, lo humano.

    Además del agotamiento del capitalismo, se constata el fin del “dominio de Occidente en los asuntos mundiales”. Esto significa que la época actual de cambios trae aparejado un rasgo distintivo condicionado por la carrera de la civilización no solo de estos últimos treinta años, sino de la historia mundial de varios siglos. En lugar de la unificación universal bajo un formato único – cada vez más similar a los hilos del titiritero – en lugar de someter todo y a todos a los estándares del capitalismo y la democracia, se está desarrollando un “sistema más diverso”, donde lo importante no es una marcha común en un solo orden, sino un camino propio y soberano.

    En su discurso crítico, Vladimir Putin prestó especial atención a las formas tradicionales de salida de crisis similares, tales como la guerra y la revolución. Señaló que en la realidad actual las guerras continúan y no pueden ser consideradas como un instrumento de transición para la paz, sino que “solo agravan el caos y profundizan un peligroso vacío para el mundo”. Asimismo las sacudidas revolucionarias solo conducen a la desintegración, como fue el caso de la historia nacional (Rusia) a principios y finales del siglo XX.

    Putin formuló una tercera vía, consistente en apostar por el estado con énfasis en lo social, que es la base estructural para la formación de la unidad mundial, afincada en la soberanía. En los últimos treinta años de fracaso mundial todo esto se niveló – cuando se argumentó la necesidad de transferir la soberanía al gendarme mundial y firmar su donación aun a costa de la sangre, erigiéndose este último en juez supremo- entonces solo quedó disfrutar los excesos y hermosos momentos de libertad y democracia, pero haciendo lo que te digan que tienes que hacer.

    El siguiente componente de ese camino alternativo es la orientación hacia un sistema de valores que no es derivado de una u otra ideología, o de la actual coyuntura. Por el contrario, es “el producto del desarrollo cultural e histórico de cada nación y un producto único”. Ese sólido fundamento de valores es – al decir de Putin -, opuesto a la práctica del “dictado de valores”, cuando hay una extrapolación de ciertos formatos de valores sin tener en cuenta las peculiaridades propias de países y pueblos. Esto por supuesto no encaja en la moda actual de “progreso social”, cuando no solo la sociedad, sino también la persona, está sujeta a experimentos liberales de refinado, refundido y reformateo. Estos experimentos, encaminados al nuevo y maravilloso mundo, son cada vez más agresivos y violentos.

    La tercera vía postulada por Putin, creadora de oportunidades, es designada por él como un”enfoque conservador”. Pero no en el espíritu de la conocida posición conservadurista de “congelar”, para quedarnos en una nueva edad de hielo sociopolítica. Putin llamó a este camino “conservadurismo optimista”, que se traduce como “apoyarse en la tradición probada por el tiempo de preservar y aumentar la población; ser realista en la evaluación de sí mismo y de los demás; formación precisa del sistema de prioridades; correspondencia entre lo necesario y lo posible; formulación del cálculo exacto de los objetivos; rechazo inequívoco al extremismo como método de acción”. Esta es una línea de comportamiento razonable y racional. Realista.

    Importante recalcar: todo esto no se enuncia como un intento de Rusia para liderar el nuevo mundo o pretenderlo (¡Dios no lo quiera!) en exclusividad. Aquí se trata de responsabilidad y de que nuestra ventaja está “en nuestra experiencia histórica”. Todas las variantes de caminos las experimentamos en Rusia durante el siglo XX: revoluciones, guerras, intentos de renunciar a lo propio a cambio de exaltar la experiencia de otros, o asumir la internacionalización de los valores humanos universales. Intentamos cambiar o reconstruir radicalmente la sociedad, formar un tipo completamente nuevo de persona. Al final resultó que todas estas son solo formas de fenómenos sociales y sociopolíticos. El pilar invariable y el fundamento lo constituye lo autóctono: una civilización completamente única formada durante muchos siglos y el tipo de persona que se ha convertido bajo su influjo.

    Hay que decir que esta conversación franca es la tarea del Club Valdai. No es el monólogo y el dictado de un solo país, sino el diálogo responsable en igualdad de condiciones.

     
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