La simple caza de la riqueza no es el destino final de la humanidad. Por Lewis H.Morgan

 

«Desde el advenimiento de la civilización ha llegado a ser tan enorme el acrecentamiento de la riqueza, tan diversas las formas de este acrecentamiento, tan extensa su aplicación y tan hábil su administración en beneficio de los propietarios, que esa riqueza se ha constituido en una fuerza irreductible opuesta al pueblo.La inteligencia humana se ve impotente y desconcertada ante su propia creación. Pero, sin embargo, llegará un tiempo en que la razón humana sea suficientemente fuerte para dominar a la riqueza, en que fije las relaciones del Estado con la propiedad que éste protege y los límites de los derechos de los propietarios. Los intereses de la sociedad son absolutamente superiores a los intereses individuales, y unos y otros deben concertarse en una relación justa y armónica. La simple caza de la riqueza no es el destino final de la humanidad, a lo menos si el progreso ha de ser la ley del porvenir como lo ha sido la del pasado. El tiempo transcurrido desde el advenimiento de la civilización no es más que una fracción ínfima de la existencia pasada de la humanidad, una fracción ínfima de las épocas por venir. La disolución de la sociedad se yergue amenazadora ante nosotros, como el término de una carrera histórica cuya única meta es la riqueza, porque semejante carrera encierra los elementos de su propia ruina. La democracia en la administración, la fraternidad en la sociedad, la igualdad de
derechos y la instrucción general, inaugurarán la próxima etapa superior de la sociedad, para la cual laboran constantemente la experiencia, la razón y la ciencia. Será un renacimiento de la libertad, la igualdad y la fraternidad de las antiguas gens, pero bajo una forma superior».

Tomado de Ancient Society, or Researches in the Lines of Human Progress from Savagery through Barbarism to Civilization. («Sociedad antigua, o investigaciones de las líneas de progreso humano del salvajismo a través de la barbarie a la civilización»). By Lewis H. Morgan, London, MacMillan and Co., 1877. Página 552.

Con este párrafo, del científico norteamericano L. H. Morgan, Federico Engels termina su conocido texto “El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado”.

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5 Responses to La simple caza de la riqueza no es el destino final de la humanidad. Por Lewis H.Morgan

  1. Alejandro says:

    Excelente. Ese “renacimiento de la libertad, la igualdad y la fraternidad de las antiguas gens, pero bajo una forma superior” es el comunismo.
    A continuación un enlace para acceder al texto completo:
    https://www.marxists.org/espanol/m-e/1880s/origen/el_origen_de_la_familia.pdf

     
  2. Pingback: La simple caza de la riqueza no es el destino final de la humanidad. Por Lewis H.Morgan – manuel pena

  3. Simpermiso says:

    Federico Engels se quedaría petrificado si viera el tamaño actual de los nenúfares en el estanque planetario, a punto de provocar el colapso de toda forma de vida, empezando por los de su propia especie, en un eterno retorno de lo mismo que bien pudiera tener definitivamente plazo de caducidad. Ya no importa si el vaso está medio lleno o medio vacío, ya que, en modelos de crecimiento exponencial, medio lleno o medio vacío no significa que tenemos un 50% de recorrido para seguir haciendo las mismas estupideces y cometer los mismos crímenes, sino que estamos a sólo un día de la autoextinción.

    Hubo un tiempo en que el capitalismo apostó por las políticas inclusivas, convencido de que la opulencia de los de arriba dependía no sólo del esfuerzo de los de abajo sino también de su poder adquisitivo. Ello no fue un gesto de filantropía sino una estrategia inteligente de los nenúfares para garantizar su crecimiento exponencial granjeándose el apoyo de los de abajo, convencidos estos de que, a mayor crecimiento de aquellos, mayores migajas para ellos.

    Sin embargo, el modelo colapsó en los años 70 y no sabemos muy bien hasta qué punto pudo influir en ello el jaque mate contra el capitalismo y sus reglas de explotación y especulación que supuso el triunfo y tránsito hacia el socialismo bajo reglas de funcionamiento liberales del gobierno de Salvador Allende. A partir de entonces, los nenúfares, que no podían dejar de duplicar su tamaño cada día, sintieron la necesidad de romper las reglas inclusivas para buscar las ventajas diferenciales y apostar por un modelo darwinista, en que el éxito ya no depende del bienestar y paz social que seas capaz de crear entre los microbios que garantizan tu sustento sino en las posibilidades de convertir a estos en abono y de quemar todo lo que sea combustible para acelerar el crecimiento.

    Desde la implantación del neoliberalismo, el mundo no sólo no tiene arreglo sino que sus líderes, los nenúfares de crecimiento exponencial, han llegado al convencimiento de que sólo en un mundo que no tiene arreglo sus privilegios no serán cuestionados, en el convencimiento, respaldado por sus medios de propaganda, de que, puesto que es imposible que todos podamos sobrevivir, lo más razonable es que los más aptos y exitosos sobrevivan a costa de los menos aptos (los de abajo). Tal vez ya no sería correcto decir que llegará el día en que aceptaremos (los que vivamos o vivan en determinados territorios y formen parte de las clases privilegiadas) que para sobrevivir y tener éxito en la vida tendremos que aprobar la explotación y sacrificio de seres como nosotros, que tuvieron la desgracia de nacer en otros territorios y clases sociales. Digo que tal vez no sería correcto porque, en la situación actual de explotación de los recursos, puede que ya no sea posible garantizar a los más de 7.300 millones de humanos una vida digna, según las enseñanzas de la ley del Mínimo de Liebig sobre los recursos críticos.

    Los nenúfares buscan nuestra complicidad en sus egoístas propósitos de crecimiento exponencial, sin que su adictiva conducta les permita percibir con claridad su segura y próxima autoextinción, pero no dudarán en convertirnos en abono tan pronto dejemos de serles útiles como microbios simbióticos. Ni siquiera en los tiempos de Engels los de abajo tuvimos un diagnóstico y un pronóstico tan demoledor como ahora, condenados a ser colaboradores necesarios de la más devastadora destrucción de recursos de la historia planetaria y autodestrucción de expectativas y esperanza de vida propias para que la más colosal megafauna o megaflora pueda alcanzar su irracional y megalómano objetivo.

     
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