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	<title>La pupila insomne &#187; Julio Ramón Ribeyro</title>
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	<description>...Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado.                        Rubén Martínez Villena</description>
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		<title>El amor a los libros*</title>
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		<pubDate>Mon, 10 Jan 2011 14:38:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[iroelsanchez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[El rojo y el negro]]></category>
		<category><![CDATA[Julio Ramón Ribeyro]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160;Julio Ramón Ribeyro Alfredo González Prada cuenta que su padre, don Manuel, sentía por los libros un respeto casi religioso, al extremo que era incapaz de subrayarlos o trazar notas marginales. Se contentaba con redactar largas tiras de comentarios que &#8230; <a href="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/?p=6646">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<table class="rw-rating-table rw-ltr rw-left rw-no-labels"><tr><td><nobr>&nbsp;</nobr></td><td><div class="rw-left"><div class="rw-ui-container rw-class-blog-post rw-urid-66470" data-img="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2011/01/libros-mujer-libro-dali.jpg"></div></div></td></tr></table><h5 style="text-align:justify;"><strong>Julio Ramón Ribeyro</strong></h5>
<div id="attachment_6647" style="width: 323px" class="wp-caption alignleft"><a href="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2011/01/libros-mujer-libro-dali.jpg"><img class="size-full wp-image-6647" title="Mujer-libro. Salvador Dalí" src="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2011/01/libros-mujer-libro-dali.jpg" alt="Mujer-libro. Salvador Dalí" width="313" height="400" /></a><p class="wp-caption-text">Mujer-libro. Salvador Dalí</p></div>
<p style="text-align:justify;">Alfredo González Prada cuenta que su padre,  don Manuel, sentía por los libros un respeto casi religioso, al extremo  que era incapaz de subrayarlos o trazar notas marginales. Se contentaba  con redactar largas tiras de comentarios que añadía cuidadosamente al  final de cada libro leído. Todo ello indica que don Manuel no amaba a  los libros, sino que era un “respetuoso” lector.</p>
<p style="text-align:justify;">En realidad, existe un amor físico a los libros muy diferente al amor  intelectual por la lectura. Por lo general, el gran lector no ama los  libros, así como el don Juan no ama a las mujeres. El gran lector coge  los libros conforme caen en sus manos, los usa y los olvida. El amante  de los libros, en cambio, los ama en sí mismos como cuerpos <span id="more-6646"></span> independientes y vivos, como conjunto de páginas impresas que es  necesario no solamente leer, sino palpar, alinear en un estante,  incorporar al patrimonio material con el mismo derecho que al bagaje del  espíritu. El amante de los libros no aspira solamente a la lectura sino  a la propiedad. Y esta propiedad necesita observar todas las  solemnidades, cumplir todos los ritos que la hagan incontestable. El amor a los libros se patentiza en el momento mismo de su  adquisición. El verdadero amante de los libros no tolera que el  expendedor se los envuelva. Necesita llevarlos desnudos en sus manos,  irlos hojeando por el camino; meter los pies en un charco de agua,  sufrir todos los trastornos de un primer encantamiento. Llegando a su  casa, lo primero que hará será grabar en la página inicial su nombre y  la fecha del suceso, porque para él toda adquisición es una peripecia  que luego será necesario conmemorar. Con el tiempo dirá: “Hace tantos  años y tantos días que compré este libro”, como se dice: “Hace tanto  tiempo que conocí a esta mujer”.</p>
<p style="text-align:justify;">Cumplido este requisito, el amante de los libros, cogerá el primer  objeto que encuentre a su disposición -sea regla, tarjeta u hoja de  afeitar- y comenzará a cortar las páginas del libro y lo irá leyendo  progresivamente con vehemencia, con sobresalto; como se ama a una novia  conforme se la va descubriendo. Y durante el proceso de la lectura no  resistirá ninguna tentación. Lo cubrirá de caricias y rasguños. Las  páginas se irán cubriendo de “ojos” admirados, de objeciones marginales a  sus ideas atrevidas, de interrogaciones a sus párrafos oscuros. Y  solamente así -después de haberlo hecho viajar en tranvía, después de  haberse introducido con él a la cama- podrá decir que ha leído ese  libro, que lo ha poseído, que lo ha amado. Es por este motivo que el amante de los libros es intolerante con los  libros ajenos. Leer un libro ajeno es como leerlo a medias. Si el libro  es nuevo el lector necesitará observar cierta cortesía -forrarlo,  probablemente- necesitará, además ser condescendiente con sus ideas,  aceptar políticamente algunos puntos discutibles, combatir de continuo  sus impulsos voraces y contentarse, por último, a dar aquí y allá un  ligero toquecito a fin de no hacer ostensible, a ojos del propietario  ese abuso de confianza. Si el libro prestado es viejo y releído la  situación varía radicalmente.  El lector se enfrentará a él con la  animosidad, con el escepticismo de quien se apresta recorrer una  floresta yá explorada, de la cual se ha recogido sus más sabrosos  frutos. Cuando más, se limitará a descubrir algún rincón oculto que pasó  inadvertido al propietario y en el cual pondrá el regocijo de un  verdadero hallazgo.</p>
<p style="text-align:justify;">Por esta misma razón, el amante de los libros no puede frecuentar las  bibliotecas públicas. El acto le parecerá tan humillante y pernicioso  como visitar las casas de tolerancia. Los libros puestos a disposición  de la comunidad son libros indiferentes, son libros fríos con los cuales  no nace un acto de verdadero amor, no se crea una relación de  confianza. Frente a ellos, solamente, podrá a veces practicarse algún  acto de brutalidad, como arrancar una de sus páginas. Hay gente, sin  embargo, que sólo lee en las bibliotecas públicas y eso revela, en el  fondo, una profunda incapacidad para amar.</p>
<p style="text-align:justify;">Un libro leído y amado es un bien irremplazable. Al gran lector no le  pesará perder o regalar un libro suyo porque podrá adquirir otro  idéntico. Para el verdadero lector no existen libros idénticos, por  semejantes que sean. Cada libro es para él una amistad con todas sus  grandezas y sus miserias, sus disputas y sus reconciliaciones, sus  diálogos y sus silencios. Al releer estos libros -el amante es sobre  todo un relector- irá reconociendo sus horas perdidas, sus viejos  entusiasmos, sus dudas inútiles. Un libro amado es un fragmento de vida,  Perdido el libro, queda un vacío en la memoria que nada podrá  remplazar. Los verdaderos amantes de los libros inscriben su vida en  ellos. Se podría adivinar el carácter de una persona, se podría incluso  trazar su biografía, examinando no solo qué libros ha leído, sino cómo  los ha leído. El amor a los libros, como toda pasión violenta, está sujeto a una  serie de arbitrariedades. A menudo, por atención al formato se es  injusto, se es injusto con el contenido. Es frecuente tener a nuestra  disposición durante muchos meses un libro sin que nos dignemos a abrirlo  porque su encuadernación nos produce una viva antipatía. Un amigo me  confesaba que durante mucho tiempo Stendhal le pareció un mal escritor,  porque la edición de <em>Rojo y Negro</em> que tenía era una edición  vulgar, mal vestida, plena de errores tipográficos. Pero le bastó ver la  misma novela en una bella vitrina ataviada no se sabe para qué feria,  para que de inmediato cobrara por ella una simpatía irresistible. La  consiguió, naturalmente, y hasta la fecha –la novela- no la ha quitado  de su cabecera.</p>
<p style="text-align:justify;">Esto no quiere decir que el amante de los libros se deje seducir por  el lujo. Para él, una edición áspera al tacto, una edición plebeya será  tan inadmisible como una en papel Holanda. Hay libros que por su  insolente belleza intimidan: su forro de piel, el oro que recarga su  superficie nos indican de inmediato que debe tratarse de un libro caro,  de un libro incómodo y difícil de usar, el cual no podremos, por  ejemplo, poner en la mesa de un restorante sin que corra el peligro de  mancharse. Despertaría, además, la codicia de nuestros amigos, y no  faltaría uno que lo pidiera prestado por una noche y no lo devolviera  jamás. Un libro, para ser amado, necesita poseer otras y más delicadas  cualidades. Necesita, en realidad, un mínimo de decoro, de gusto, de  misterio, de proporción; en suma, aquellas cualidades que podemos  exigir, discretamente, en una mujer. Por esta razón es que entre las  mujeres y los libros existen tantas secretas correspondencias. Hay  libros que terminan su vida solitarios, que jamás encuentran un lector.  Hay lectores que jamás encuentran su libro.</p>
<h5 style="text-align:justify;">*Texto originalmente publicado en el Diario “El Comercio”, Lima, 14 de  julio de 1957.  Tomado del libro “La Caza Sutil” pg.45-47; Editorial  Milla Batres, 1976. Este libro reúne 21 artículos y ensayos de Crítica  Literaria de Julio Ramón Ribeyro (Enviado por nuestro colaborador <a href="http://lapupilainsomne.wordpress.com/wp-admin/edit-tags.php?action=edit&amp;taxonomy=post_tag&amp;tag_ID=9756444&amp;post_type=post" target="_blank">Álvaro Castillo Granada</a>)</h5>
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