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	<title>La pupila insomne &#187; Horacio González</title>
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	<description>...Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado.                        Rubén Martínez Villena</description>
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		<title>Fogwill, Quiquito</title>
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		<pubDate>Wed, 25 Aug 2010 09:03:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[iroelsanchez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[Argentina]]></category>
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		<category><![CDATA[Los Pichiciegos]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160;Sobre el fallecimiento del escritor argentino Rodolfo Fogwill Horacio González No va a ser fácil acostumbrarse a la ausencia de Fogwill, porque estaba en todos los puntos de tensión que pudieran imaginarse en torno de cualquier falla en la imaginación &#8230; <a href="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/?p=628">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<table class="rw-rating-table rw-ltr rw-left rw-no-labels"><tr><td><nobr>&nbsp;</nobr></td><td><div class="rw-left"><div class="rw-ui-container rw-class-blog-post rw-urid-6290" data-img="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2010/08/fogwill.jpg"></div></div></td></tr></table><h5><em>Sobre el fallecimiento del escritor argentino Rodolfo Fogwill</em></h5>
<h6><strong>Horacio González</strong></h6>
<div id="attachment_629" style="width: 228px" class="wp-caption alignleft"><a href="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2010/08/fogwill.jpg"><img class="size-full wp-image-629 " title="Fogwill" src="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2010/08/fogwill.jpg" alt="Fogwill" width="218" height="164" /></a><p class="wp-caption-text">Rodolfo Fogwill</p></div>
<p>No va a ser fácil acostumbrarse a la ausencia de Fogwill, porque  estaba en todos los puntos de tensión que pudieran imaginarse en torno  de cualquier falla en la imaginación pública. El mismo era una falla y  la representaba con un gasto doloroso y una risa de fauno corrosivo.  Hasta que largaba algo inesperado, que venía masticando entre acres  agresiones, y era una relación inesperada entre las cosas y el  pensamiento. Siempre a la caza, esencialmente atrapaba relaciones de  fuerza, oscuras pulsiones sueltas en la vida de todos, molestas  revelaciones de las potencias sombrías que están en el lenguaje.<span id="more-628"></span></p>
<p>No  va a ser fácil acostumbrarse, porque queda su obra, como siempre se  dice, pero su obra es como él, es como él era, una frágil membrana de la  realidad que se recreaba en cada una de sus actuaciones públicas, de su  teatro y comedia del existir. Cuando uno muere, cuando se muere, nos  dan el nombre verdadero, nos lo devuelven como regalo póstumo en un acto  funerario. Se vuelve entonces a llamar Rodolfo Enrique Fogwill, vuelve a  nacer en Quilmes hace 69 años, vuelve a ser estudiante de sociología y  vuelve a escribir su obra, con su genealogía correcta y adecuada a una  biografía, en la que durante muchos años le dijimos “Quique” hasta que  le respetamos el sacramento de su “Fogwill”.</p>
<p>Pero más que una  biografía, manejó publicitariamente su nombre y lo convirtió en un ícono  sonoro, emblema visual de mercado y epistemología errante. Usó la  expresión “experiencia sensible” para decir algo que nunca dijo  literalmente: que sólo rescatando la experiencia sensible, que es la más  radicalizada flema lírica y musical debajo de las palabras, podemos  seguir existiendo. Y la experiencia sensible es un humanismo que Fogwill  no declaró nunca como tal, o que incluso lo hizo, pero negándolo.  “Publicitaba” aquello en lo que no creía, como todo gran publicitario.  Al hechizo del mundo técnico, tema contra el cual compuso sus novelas,  lo mostró proviniendo de una ceguera formidable, y la designó como el  fin de esa experiencia sensible. Pero lo que hacía parecía lo contrario,  un salmo a la teoría de la emancipación con que las grandes tecnologías  gustan de verse a sí mismas.</p>
<p>Fue poeta lírico que buscó rehacer  el lenguaje vivo en medio de un cultivo fetichista de los infinitos  rezagos de las tecnologías, del marketing, del habla prefabricada de las  profesiones y del pragmatismo positivista con el que solemos practicar  nuestros lenguajes diarios. De ahí saca sus novelas y poesías. En los  Pychicyegos la guerra es el lenguaje, las posiciones en las trincheras  están en el habla. La guerra primero nos exige que conversemos como  ella, en estado fisicoquímico de necesidad, aunque luego nos dejaría  redimirnos como poetas liberados. Cito en la vaguedad de la memoria  otros de sus escritos: en otro orden de cosas muestra hombres  aprisionados en los tejidos metálicos del poder, pero el poder decide  entretener a los intelectuales dejándoles la organización de vanas  utopías humanísticas. También allí la red tecnológica –alerta Fogwill–  nos captura. Pero su novela ofrece la cifra de una implícita redención,  sin que nos demos cuenta. Nadie debía darse cuenta, ni él, porque la  existencia no puede declarar sus fines (pienso que pensaba Fogwill).</p>
<p>En La experiencia sensible, justamente, se propone aferrar el  secreto nominalista de la materia, rebosante de amenazadoras energías,  de longitudes oníricas, de átomos de excitación física, de impulsos  sexuales que se trazan según automatizaciones desoladoras. Pero siempre  está la sensación de la catástrofe inminente, pues el factor técnico y  la administración de la materia no pueden gobernar la vida. Salvo con el  terror. Fogwill logra traducir esas sensaciones salvadoras, las escribe  como un cyber-alquimista en medio de cableados y probetas.</p>
<p>Sus  poesías son el intento de encontrar, como en su héroe, Leónidas  Lamborghini, el punto en donde el lenguaje se recobra en las tinieblas  luego de sufrir el divino acoso de los poderes técnicos. Tituló Runa a  uno sus poemarios porque solamente evocando una supuesta lengua  originaria y distraída (debió pensar), se podría volver al mundo humano.  Su propio nombre lo convirtió en una “runa”, en un signo burlón y  profético, tomado a la chacota, pero escribiendo una de las literaturas  más asombrosas del país contemporáneo. Los nombres verdaderos de las  cosas debían surgir del trabajo burlón de un viejo filósofo cínico que  condenaba la simulación y la practicaba a diario. Fue un filósofo del  lenguaje, pero actuó como un entretenido semiólogo sesentista, mostrando  que hablar era mover placas tectónicas, aunque se trataba del zumbido a  veces insoportable que producía en las charlas de bar o en las  conferencias que daba, con la estricta misión de anular el modo falaz  con que en todo el mundo se producen esas convocatorias.</p>
<p>No va a  ser fácil acostumbrarse a su ausencia, porque su presencia mantenía los  hilos ocultos de lo que significaba una picaresca y un desértico balance  del existir. Su personaje inquisidor, su socratismo doloroso, poseía un  indicio de redención que sin embargo debía ser percibido –como en toda  su poética-, en términos de una distracción y una humorada. Solo así  podía surgir una “runa”, un signo que descifrara el presente y no  generara ningún poder si eso pasara. Actuó simulando que si eso  ocurriera, no debía importar, porque basta que se confesase un interés,  cualquier interés, para que surgiera un problema de dominio, de  hegemonías, de poderes. No solemos acostumbrarnos fácilmente a la  desaparición de un gran comediante, porque pareciera que pone de  inmediato en peligro su obra y la de los demás.</p>
<p>Tomado de <a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-19038-2010-08-23.html">Página 12</a></p>
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