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	<title>La pupila insomne &#187; Emilio Salgari</title>
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	<description>...Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado.                        Rubén Martínez Villena</description>
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		<title>El nuevo libro de Taibo II: &quot;El Manifiesto Comunista en clave de novela de aventuras&#8230;&quot;</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Nov 2010 18:15:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[iroelsanchez]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
		<category><![CDATA[El retorno de los tigres de la Malasia]]></category>
		<category><![CDATA[Emilio Salgari]]></category>
		<category><![CDATA[México]]></category>
		<category><![CDATA[neopolicial latinoamericano]]></category>
		<category><![CDATA[Paco Ignacio Taibo II]]></category>

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		<description><![CDATA[&#160;Silvina Friera/Página 12 El escritor mexicano, considerado el creador del “neopolicial” en América latina, tiene más de 50 títulos publicados, entre novelas, cuentos, comics, reportajes, ensayos y biografías. Lo que nunca había hecho era reescribir El Manifiesto Comunista en clave &#8230; <a href="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/?p=3236">Continue reading <span class="meta-nav">&#8594;</span></a>]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<table class="rw-rating-table rw-ltr rw-left rw-no-labels"><tr><td><nobr>&nbsp;</nobr></td><td><div class="rw-left"><div class="rw-ui-container rw-class-blog-post rw-urid-32370" data-img="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2010/11/paco_ignacio_taibo_ii.jpg"></div></div></td></tr></table><h5 style="text-align:justify;"><strong>Silvina Friera/Página 12</strong></h5>
<p style="text-align:justify;"><em> </em></p>
<div id="attachment_3237" style="width: 269px" class="wp-caption alignleft"><em><em><a href="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2010/11/paco_ignacio_taibo_ii.jpg"><img class="size-full wp-image-3237" title="Paco_ignacio_taibo_II" src="http://lapupilainsomne.jovenclub.cu/wp-content/uploads/2010/11/paco_ignacio_taibo_ii.jpg" alt="Paco Ignacio Taibo II" width="259" height="194" /></a></em></em><p class="wp-caption-text">Paco Ignacio Taibo II</p></div>
<p><em>El escritor mexicano, considerado el creador del “neopolicial” en  América latina, tiene más de 50 títulos publicados, entre novelas,  cuentos, comics, reportajes, ensayos y biografías. Lo que nunca había  hecho era reescribir </em>El Manifiesto Comunista<em> en clave de novela de  aventuras&#8230; Y es lo que el autor asegura haber conseguido en su último  libro: </em>El retorno de Los Tigres de la Malasia, <em>con  personajes de Emilio Salgari y Arthur Conan Doyle.<span id="more-3236"></span></em><em> </em></p>
<div id="cuerpo" style="text-align:justify;">
<p>La gasolina  de Paco Ignacio Taibo II –abstemio declarado, aunque cueste creer que  no toma ni una gota de alcohol– es la Coca Cola. Antes de cerrar la  puerta de la habitación del hotel, antes de encender un cigarrillo negro  –“acá fumo Parisiennes, allá los Cohiba”–, encuentra la botellita con  su refresco cola, indispensable para que no descienda hasta el infierno  del malhumor y el descalabro existencial, si no cumple con su dosis  diaria de cinco litros. Después del primer trago, un flujo de adrenalina  flota en el ambiente. Ahora sí, ya está listo para desandar los once  años de cocina lenta de El retorno de Los Tigres de la Malasia  (Planeta), novela de aventuras en la que recupera al portugués Yáñez de  Gomara y al príncipe malayo Sandokán –dupla emblemática de la factoría  de Emilio Salgari–, que en manos de Taibo II son más anarcos, más  libertarios que en el molde “original”. El provocador pastiche del  escritor mexicano conserva el sabor decimonónico de la narración,  agilizado por diálogos breves como relámpagos y un desfile incesante de  personajes y figuras del siglo XIX, como Rudyard Kipling y Federico  Engels.</p>
<p>Si Taibo II es considerado el creador del “neopolicial” en América  latina, el texto de solapa de su última novela va por más y proclama que  “reinventa la novela de aventuras del siglo XIX”. La carcajada del  escritor, cortita pero intensa, anticipa que está más allá del bien y  del mal. “Hay un poco de maldad en esa frase –admite–. Llevo demasiado  tiempo con la etiqueta colgada de propietario del neopolicial. O de  biógrafo del Che. ¡Ahora que se vayan al carajo! Soy el que se me da la  gana y escribo una novela de aventuras”, dice el escritor a Página/12.  Taibo II podría haber sido un animal de teatro, un actor de raza o un  gran orador. Al menos eso transmite cuando se desliza por la cuerda del  humor y la risa hacia el tono cabrón, de hombre de pocas pulgas que  derrocha más simpatía cuanto más se enoja. “Escribir esta novela fue  oxígeno puro para mí, pero también significó un ajuste de cuentas con mi  infancia, con los libros que me enloquecieron cuando era niño; volví a  ellos para tratar de recobrar la pasión que me crearon.”</p>
<p><strong>–¿Cómo fue esa experiencia de recobrar la pasión al mismo tiempo que se apropiaba de los personajes?</strong></p>
<p>–Salgari escribió esos personajes para mí y yo me los apropié: son  de él y son míos. No tengo problemas de propiedad intelectual. Había  algo que me resultaba muy atractivo y con lo que estuve coqueteando hace  muchos años, la idea de que en la novela de aventuras se habían perdido  valores primigenios como la heroicidad, la palabra dada. Cuando das la  mano, empeñas tu palabra y no hay que firmar contratos. Me parece que en  una sociedad tan pragmática como la que vivimos se pierden estos  elementos. Yo reconozco que mi formación política está originada ahí: yo  soy marxista de Los Tres Mosqueteros y antiimperialista de Sandokán.  Eso lo tengo clarísimo, como también que políticamente soy hijo de Robin  Hood y de Bertolt Brecht. Ante la novela de aventuras descafeinada que  se está produciendo, me propuse decirles a los adolescentes: “Vengan,  aquí está el heavy” (risas). Me parecía importante abrir una opción a  toda una generación de jóvenes que son los hijos y nietos de mis amigos  que están leyendo; hay que abrirles puertas para que sigan y avancen más  allá de Harry Potter o de los vampiros románticos y blanditos.</p>
<p><strong>–¿Intenta recuperar lo que se podría llamar una “épica con ideas”?</strong></p>
<p>–Lo formulaste bien, la épica, la épica (golpea la mesita), la épica  está envuelta en un proyecto de cambiar el mundo. Mis tigres me  salieron antiimperialistas, pero no había manera de evitarlo. Una cosa  era esta sensación y otra cosa era escribir el libro. Me di cuenta de  que no era tan fácil. La literatura que me interesa es enciclopédica y  tiene que saber de todo: cómo hacen el amor los cocodrilos, cómo se  jugaba a las cartas en Hong Kong en un casino, cómo eran las calles de  un poblado malasio, cómo se construían las cabañas sobre los ríos, cómo  vuelan los albatros, qué venenos son los que se usan o están de moda o  qué frutas se comen. Salgari me había enseñado cómo hacer enciclopedismo  ligero, pero al mismo tiempo extrañamente informado. La literatura de  Salgari era maravillosa porque manejaba la peripecia, la aventura, pero  también era inocente y estaba atrapada en el canon de la novela de  aventura del siglo XIX. Esto significaba cero sexo, no malas palabras,  diálogos innecesarios para que crecieran las páginas porque se pagaba  por página. Me leí todas las novelas de Salgari, todas las enciclopedias  –malas y buenas–, libros de viajes&#8230; hice una investigación  equivalente a la de un libro de historia.</p>
<p><strong>–También se puede ver en la novela el ADN de cierto espíritu anarquista.</strong></p>
<p>–El anarquismo lo traigo puesto, no me puedo liberar de él (risas).  Sin duda los personajes tienen un trasfondo libertario que estaba en  Salgari. Lo único que hice fue extrapolarlo y darle más solidez. Me di  la inmensa alegría de tirar del armario de mi infancia y ver qué había  ahí. Kipling aparece en mi novela como periodista; al archienemigo de  Sherlock Holmes, el Doctor Moriarty, decidí traerlo porque necesitaba  una figura potente para el grupo de imperialistas canallas que forman El  Club de la Serpiente. De repente descubrí que (Arthur) Conan Doyle no  había hecho nada, que no existe Moriarty; es una frase: “la telaraña  maligna que domina las fuerzas del submundo&#8230;” Y seguí tirando del  closet y salió un personaje de la comuna de París y Old Shattherhand, el  personaje de las novelas de Karl May. Y apareció Federico Engels, a  quien quiero mucho, ¿por qué iba a quedarse afuera de esta novela?</p>
<p><strong>–¿Por qué invierte esa suerte de “orden natural” con el que se menciona generalmente primero a Marx y después a Engels?</strong></p>
<p>–Yo digo Engels y Marx sólo por llevar la contraria, porque me cae  mejor (risas). Engels es mejor escritor que Marx y está menos  obsesivamente pegado a una visión absoluta de la historia. Engels forma  parte de mi frente popular, en el que caben comunistas,  socialdemócratas, libertarios. No tengo problemas para asumirme como un  hombre de una izquierda universal que aprecia todo, siempre y cuando  esté a la izquierda del corazón. En esta novela reescribí el manifiesto  comunista y me quedó muy bien. Mi versión es más bonita que la de Marx.  De repente me di cuenta de que estaba cumpliendo con todas mis  obsesiones, de que había jugado con todas las puñeteras libertades, pero  me faltaba algo. Me dije a mí mismo que faltaba reescribir la Biblia de  la izquierda; y como soy antibíblico pensé que reescribir el manifiesto  comunista era el acto de herejía más grande del planeta. Lo reescribí  en una versión mejorada. En lugar de que el fantasma recorriera el mundo  europeo, atraviesa el mundo de mi novela.</p>
<p><strong>–¿Ese fantasma sigue recorriendo el mundo?</strong></p>
<p>–Y sí, desde luego que sí (piensa). Yo creo en la necesidad de  fomentar el pensamiento utópico; nos volveríamos muy aburridos, muy  jodidos, muy limitados, sin pensamiento utópico. Curiosamente llego a  estas reflexiones a través de un vehículo aparentemente inocente como la  novela de aventuras. ¡Inocente los cojones!</p>
<p>El escritor mexicano es eyectado como un resorte que se desmadró  cuando vibra el timbre del teléfono. Despacha el asunto rápidamente y  regresa. “Para explicar por qué me interesa el siglo XIX deberías  preguntarle a mi psiquiatra”, bromea.</p>
<p><strong>–¿Quizá le interesa porque fue un gran laboratorio de cambios que se extienden hasta el presente?</strong></p>
<p>–Sí, ahí se consolida la división del mundo que hoy conocemos entre  Primer Mundo y Tercer Mundo. Ahí nos condenan al Tercer Mundo; pero no  es eso lo que me interesa. El siglo XIX es el siglo de la literatura de  mi infancia y vuelvo a ella porque ahí me formé como persona y como  lector. Muchacha: no hay nada mejor que hacerle caso a tus obsesiones.  Si logras hacerle caso a tus obsesiones, serás un escritor feliz. Si  tratas por razones comerciales de evadirlas, serás un escritor rico pero  profundamente infeliz. Nunca tuve la tentación de ser un escritor rico e  infeliz (risas).</p>
<p><strong>–El retorno de Los Tigres de la Malasia tiene muchos diálogos, ¿por qué eligió esa forma?</strong></p>
<p>–Los diálogos me ayudaron a trazar a los personajes, a darle una  dimensión más profunda a Sandokán y a Yáñez, que no la tienen en  Salgari. Hay zonas de sombras que a Salgari le importan un bledo; a mí  me gustaba dejar esas zonas de sombras, pero también darles una luz  nueva. Me gustaba explorar en el pasado de Yánez de Gomera, de dónde  viene ese pirata compañero de Sandokán, pero portugués traidor a su  raza. En vez de meterle más claridad al pasado, decidí meterle más  enigma. El Yáñez de mi novela es más enigmático que el de Salgari. Otro  trabajo complicado fue crear al Doctor Moriarty. Me salió una especie de  malvado shakesperiano. El diálogo viene de mi educación como escritor  con Raymond Chandler.</p>
<p>El diálogo es el talón de Aquiles de la narrativa que se publica en  estos pagos. El escritor mexicano recuerda una conversación que tuvo con  Gabriel García Márquez. “Paquito, mira, cuando en una página te falla  una coma, te falla una coma. Cuando te fallan 7 comas, no sabes usar las  comas. Cuando te fallan 15 comas, tu editor es una bestia; cambia de  editor. Pero cuando te fallan 60 comas en una página, eso se llama  estilo.” ¿Qué quiere contar con esta anécdota? Taibo II lo explica.  “García Márquez me llama paternalmente ‘Paquito’ porque era amigo de mi  papá y no mío. Pero tiene razón. Los autores que desprecian el diálogo  no lo dominan, no saben usarlo y lo omiten.” Hace unos años el escritor  propuso un desafío en un taller literario: tomar a cualquier autor,  revisar una página de diálogo al azar y quitarles las acotaciones del  tipo “dijo Pepe”, “dijo Pablo”. “Si después que quitamos las acotaciones  somos capaces de distinguir qué dijo quién, el que escribe sabe  –afirma–. Si cuando se las quitamos no sabemos qué dice quién, el que  escribe no sabe.”</p>
<p><strong>–¿Cree que el prólogo y manifiesto literario de la novela, “Nota de arranque”, puede dirigir la lectura?</strong></p>
<p>–La única crítica consistente que he recibido de los lectores es que  ese manifiesto a favor de una manera de entender la literatura debería  haber estado al final y no al principio. Este libro anda buscando un  lector adolescente, pero también de 40, 50 o 60 años, más maduro y con  mucha malicia. El prólogo es para el segundo tipo de lector, no para el  primero. Algunos lectores jóvenes que leyeron el libro me dijeron que no  era necesario el prólogo. ¡Coño, no lo necesitas tú, pero yo sí lo  necesito! Y lo necesita alguien de mi malicia literaria. Pero me di  cuenta de que tenía razón: ese lector más joven quería entrar directo.  No quería explicaciones porque se ha educado en el videoclip que dura  tres minutos y medio y no tiene paciencia para nada. Mientras que el  otro lector no sólo las quería, sino que las necesitaba: ¿por qué estoy  leyendo a mi edad una novela de aventuras? Y Paco Taibo les dice:  “¡Huevón, estás leyendo una novela de aventuras porque&#8230;!”</p>
<p><strong>–¿Porque se abandonó la épica y hay que rescatarla?</strong></p>
<p>–Sí, las pasiones se descafeinaron. Cuando tu máxima ilusión es ser  el que empuje más rápido el carrito en un supermercado, estás condenado a  una literatura minimalista. Hay que volver a una literatura de  pasiones. La literatura no debe imitar la vida, debe proponer la vida.  Quiero escribir novelas en las que los personajes se cortan las venas  por razones amorosas, quiero escribir una literatura del exceso. Son las  tentaciones del lector que las llevo a la vocación del escritor. En el  fondo, más que un escritor, soy un lector improvisado.</p>
<p><strong>–Lleva muchos libros publicados como para creer lo de la improvisación&#8230;</strong></p>
<p>–Me pillaste por una esquina (risas). Es una improvisación sostenida y reiterada en el tiempo&#8230;</p>
<p>(Tomado de <a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-19774-2010-11-01.html"><em>Página 12</em></a>)</p>
</div>
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		<title>El nuevo libro de Taibo II: &#8220;El Manifiesto Comunista en clave de novela de aventuras&#8230;&#8221;</title>
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		<pubDate>Mon, 01 Nov 2010 18:15:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator><![CDATA[admin]]></dc:creator>
				<category><![CDATA[Literatura]]></category>
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		<category><![CDATA[Paco Ignacio Taibo II]]></category>

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<p style="text-align:justify;"><em> </em></p>
<div id="attachment_3237" style="width: 269px" class="wp-caption alignleft"><em><em><a href="http://lapupilainsomne.files.wordpress.com/2010/11/paco_ignacio_taibo_ii.jpg"><img class="size-full wp-image-3237" title="Paco_ignacio_taibo_II" src="http://lapupilainsomne.files.wordpress.com/2010/11/paco_ignacio_taibo_ii.jpg" alt="Paco Ignacio Taibo II" width="259" height="194" /></a></em></em><p class="wp-caption-text">Paco Ignacio Taibo II</p></div>
<p><em>El escritor mexicano, considerado el creador del “neopolicial” en  América latina, tiene más de 50 títulos publicados, entre novelas,  cuentos, comics, reportajes, ensayos y biografías. Lo que nunca había  hecho era reescribir </em>El Manifiesto Comunista<em> en clave de novela de  aventuras&#8230; Y es lo que el autor asegura haber conseguido en su último  libro: </em>El retorno de Los Tigres de la Malasia, <em>con  personajes de Emilio Salgari y Arthur Conan Doyle.<span id="more-22392"></span></em><em> </em></p>
<div id="cuerpo" style="text-align:justify;">
<p>La gasolina  de Paco Ignacio Taibo II –abstemio declarado, aunque cueste creer que  no toma ni una gota de alcohol– es la Coca Cola. Antes de cerrar la  puerta de la habitación del hotel, antes de encender un cigarrillo negro  –“acá fumo Parisiennes, allá los Cohiba”–, encuentra la botellita con  su refresco cola, indispensable para que no descienda hasta el infierno  del malhumor y el descalabro existencial, si no cumple con su dosis  diaria de cinco litros. Después del primer trago, un flujo de adrenalina  flota en el ambiente. Ahora sí, ya está listo para desandar los once  años de cocina lenta de El retorno de Los Tigres de la Malasia  (Planeta), novela de aventuras en la que recupera al portugués Yáñez de  Gomara y al príncipe malayo Sandokán –dupla emblemática de la factoría  de Emilio Salgari–, que en manos de Taibo II son más anarcos, más  libertarios que en el molde “original”. El provocador pastiche del  escritor mexicano conserva el sabor decimonónico de la narración,  agilizado por diálogos breves como relámpagos y un desfile incesante de  personajes y figuras del siglo XIX, como Rudyard Kipling y Federico  Engels.</p>
<p>Si Taibo II es considerado el creador del “neopolicial” en América  latina, el texto de solapa de su última novela va por más y proclama que  “reinventa la novela de aventuras del siglo XIX”. La carcajada del  escritor, cortita pero intensa, anticipa que está más allá del bien y  del mal. “Hay un poco de maldad en esa frase –admite–. Llevo demasiado  tiempo con la etiqueta colgada de propietario del neopolicial. O de  biógrafo del Che. ¡Ahora que se vayan al carajo! Soy el que se me da la  gana y escribo una novela de aventuras”, dice el escritor a Página/12.  Taibo II podría haber sido un animal de teatro, un actor de raza o un  gran orador. Al menos eso transmite cuando se desliza por la cuerda del  humor y la risa hacia el tono cabrón, de hombre de pocas pulgas que  derrocha más simpatía cuanto más se enoja. “Escribir esta novela fue  oxígeno puro para mí, pero también significó un ajuste de cuentas con mi  infancia, con los libros que me enloquecieron cuando era niño; volví a  ellos para tratar de recobrar la pasión que me crearon.”</p>
<p><strong>–¿Cómo fue esa experiencia de recobrar la pasión al mismo tiempo que se apropiaba de los personajes?</strong></p>
<p>–Salgari escribió esos personajes para mí y yo me los apropié: son  de él y son míos. No tengo problemas de propiedad intelectual. Había  algo que me resultaba muy atractivo y con lo que estuve coqueteando hace  muchos años, la idea de que en la novela de aventuras se habían perdido  valores primigenios como la heroicidad, la palabra dada. Cuando das la  mano, empeñas tu palabra y no hay que firmar contratos. Me parece que en  una sociedad tan pragmática como la que vivimos se pierden estos  elementos. Yo reconozco que mi formación política está originada ahí: yo  soy marxista de Los Tres Mosqueteros y antiimperialista de Sandokán.  Eso lo tengo clarísimo, como también que políticamente soy hijo de Robin  Hood y de Bertolt Brecht. Ante la novela de aventuras descafeinada que  se está produciendo, me propuse decirles a los adolescentes: “Vengan,  aquí está el heavy” (risas). Me parecía importante abrir una opción a  toda una generación de jóvenes que son los hijos y nietos de mis amigos  que están leyendo; hay que abrirles puertas para que sigan y avancen más  allá de Harry Potter o de los vampiros románticos y blanditos.</p>
<p><strong>–¿Intenta recuperar lo que se podría llamar una “épica con ideas”?</strong></p>
<p>–Lo formulaste bien, la épica, la épica (golpea la mesita), la épica  está envuelta en un proyecto de cambiar el mundo. Mis tigres me  salieron antiimperialistas, pero no había manera de evitarlo. Una cosa  era esta sensación y otra cosa era escribir el libro. Me di cuenta de  que no era tan fácil. La literatura que me interesa es enciclopédica y  tiene que saber de todo: cómo hacen el amor los cocodrilos, cómo se  jugaba a las cartas en Hong Kong en un casino, cómo eran las calles de  un poblado malasio, cómo se construían las cabañas sobre los ríos, cómo  vuelan los albatros, qué venenos son los que se usan o están de moda o  qué frutas se comen. Salgari me había enseñado cómo hacer enciclopedismo  ligero, pero al mismo tiempo extrañamente informado. La literatura de  Salgari era maravillosa porque manejaba la peripecia, la aventura, pero  también era inocente y estaba atrapada en el canon de la novela de  aventura del siglo XIX. Esto significaba cero sexo, no malas palabras,  diálogos innecesarios para que crecieran las páginas porque se pagaba  por página. Me leí todas las novelas de Salgari, todas las enciclopedias  –malas y buenas–, libros de viajes&#8230; hice una investigación  equivalente a la de un libro de historia.</p>
<p><strong>–También se puede ver en la novela el ADN de cierto espíritu anarquista.</strong></p>
<p>–El anarquismo lo traigo puesto, no me puedo liberar de él (risas).  Sin duda los personajes tienen un trasfondo libertario que estaba en  Salgari. Lo único que hice fue extrapolarlo y darle más solidez. Me di  la inmensa alegría de tirar del armario de mi infancia y ver qué había  ahí. Kipling aparece en mi novela como periodista; al archienemigo de  Sherlock Holmes, el Doctor Moriarty, decidí traerlo porque necesitaba  una figura potente para el grupo de imperialistas canallas que forman El  Club de la Serpiente. De repente descubrí que (Arthur) Conan Doyle no  había hecho nada, que no existe Moriarty; es una frase: “la telaraña  maligna que domina las fuerzas del submundo&#8230;” Y seguí tirando del  closet y salió un personaje de la comuna de París y Old Shattherhand, el  personaje de las novelas de Karl May. Y apareció Federico Engels, a  quien quiero mucho, ¿por qué iba a quedarse afuera de esta novela?</p>
<p><strong>–¿Por qué invierte esa suerte de “orden natural” con el que se menciona generalmente primero a Marx y después a Engels?</strong></p>
<p>–Yo digo Engels y Marx sólo por llevar la contraria, porque me cae  mejor (risas). Engels es mejor escritor que Marx y está menos  obsesivamente pegado a una visión absoluta de la historia. Engels forma  parte de mi frente popular, en el que caben comunistas,  socialdemócratas, libertarios. No tengo problemas para asumirme como un  hombre de una izquierda universal que aprecia todo, siempre y cuando  esté a la izquierda del corazón. En esta novela reescribí el manifiesto  comunista y me quedó muy bien. Mi versión es más bonita que la de Marx.  De repente me di cuenta de que estaba cumpliendo con todas mis  obsesiones, de que había jugado con todas las puñeteras libertades, pero  me faltaba algo. Me dije a mí mismo que faltaba reescribir la Biblia de  la izquierda; y como soy antibíblico pensé que reescribir el manifiesto  comunista era el acto de herejía más grande del planeta. Lo reescribí  en una versión mejorada. En lugar de que el fantasma recorriera el mundo  europeo, atraviesa el mundo de mi novela.</p>
<p><strong>–¿Ese fantasma sigue recorriendo el mundo?</strong></p>
<p>–Y sí, desde luego que sí (piensa). Yo creo en la necesidad de  fomentar el pensamiento utópico; nos volveríamos muy aburridos, muy  jodidos, muy limitados, sin pensamiento utópico. Curiosamente llego a  estas reflexiones a través de un vehículo aparentemente inocente como la  novela de aventuras. ¡Inocente los cojones!</p>
<p>El escritor mexicano es eyectado como un resorte que se desmadró  cuando vibra el timbre del teléfono. Despacha el asunto rápidamente y  regresa. “Para explicar por qué me interesa el siglo XIX deberías  preguntarle a mi psiquiatra”, bromea.</p>
<p><strong>–¿Quizá le interesa porque fue un gran laboratorio de cambios que se extienden hasta el presente?</strong></p>
<p>–Sí, ahí se consolida la división del mundo que hoy conocemos entre  Primer Mundo y Tercer Mundo. Ahí nos condenan al Tercer Mundo; pero no  es eso lo que me interesa. El siglo XIX es el siglo de la literatura de  mi infancia y vuelvo a ella porque ahí me formé como persona y como  lector. Muchacha: no hay nada mejor que hacerle caso a tus obsesiones.  Si logras hacerle caso a tus obsesiones, serás un escritor feliz. Si  tratas por razones comerciales de evadirlas, serás un escritor rico pero  profundamente infeliz. Nunca tuve la tentación de ser un escritor rico e  infeliz (risas).</p>
<p><strong>–El retorno de Los Tigres de la Malasia tiene muchos diálogos, ¿por qué eligió esa forma?</strong></p>
<p>–Los diálogos me ayudaron a trazar a los personajes, a darle una  dimensión más profunda a Sandokán y a Yáñez, que no la tienen en  Salgari. Hay zonas de sombras que a Salgari le importan un bledo; a mí  me gustaba dejar esas zonas de sombras, pero también darles una luz  nueva. Me gustaba explorar en el pasado de Yánez de Gomera, de dónde  viene ese pirata compañero de Sandokán, pero portugués traidor a su  raza. En vez de meterle más claridad al pasado, decidí meterle más  enigma. El Yáñez de mi novela es más enigmático que el de Salgari. Otro  trabajo complicado fue crear al Doctor Moriarty. Me salió una especie de  malvado shakesperiano. El diálogo viene de mi educación como escritor  con Raymond Chandler.</p>
<p>El diálogo es el talón de Aquiles de la narrativa que se publica en  estos pagos. El escritor mexicano recuerda una conversación que tuvo con  Gabriel García Márquez. “Paquito, mira, cuando en una página te falla  una coma, te falla una coma. Cuando te fallan 7 comas, no sabes usar las  comas. Cuando te fallan 15 comas, tu editor es una bestia; cambia de  editor. Pero cuando te fallan 60 comas en una página, eso se llama  estilo.” ¿Qué quiere contar con esta anécdota? Taibo II lo explica.  “García Márquez me llama paternalmente ‘Paquito’ porque era amigo de mi  papá y no mío. Pero tiene razón. Los autores que desprecian el diálogo  no lo dominan, no saben usarlo y lo omiten.” Hace unos años el escritor  propuso un desafío en un taller literario: tomar a cualquier autor,  revisar una página de diálogo al azar y quitarles las acotaciones del  tipo “dijo Pepe”, “dijo Pablo”. “Si después que quitamos las acotaciones  somos capaces de distinguir qué dijo quién, el que escribe sabe  –afirma–. Si cuando se las quitamos no sabemos qué dice quién, el que  escribe no sabe.”</p>
<p><strong>–¿Cree que el prólogo y manifiesto literario de la novela, “Nota de arranque”, puede dirigir la lectura?</strong></p>
<p>–La única crítica consistente que he recibido de los lectores es que  ese manifiesto a favor de una manera de entender la literatura debería  haber estado al final y no al principio. Este libro anda buscando un  lector adolescente, pero también de 40, 50 o 60 años, más maduro y con  mucha malicia. El prólogo es para el segundo tipo de lector, no para el  primero. Algunos lectores jóvenes que leyeron el libro me dijeron que no  era necesario el prólogo. ¡Coño, no lo necesitas tú, pero yo sí lo  necesito! Y lo necesita alguien de mi malicia literaria. Pero me di  cuenta de que tenía razón: ese lector más joven quería entrar directo.  No quería explicaciones porque se ha educado en el videoclip que dura  tres minutos y medio y no tiene paciencia para nada. Mientras que el  otro lector no sólo las quería, sino que las necesitaba: ¿por qué estoy  leyendo a mi edad una novela de aventuras? Y Paco Taibo les dice:  “¡Huevón, estás leyendo una novela de aventuras porque&#8230;!”</p>
<p><strong>–¿Porque se abandonó la épica y hay que rescatarla?</strong></p>
<p>–Sí, las pasiones se descafeinaron. Cuando tu máxima ilusión es ser  el que empuje más rápido el carrito en un supermercado, estás condenado a  una literatura minimalista. Hay que volver a una literatura de  pasiones. La literatura no debe imitar la vida, debe proponer la vida.  Quiero escribir novelas en las que los personajes se cortan las venas  por razones amorosas, quiero escribir una literatura del exceso. Son las  tentaciones del lector que las llevo a la vocación del escritor. En el  fondo, más que un escritor, soy un lector improvisado.</p>
<p><strong>–Lleva muchos libros publicados como para creer lo de la improvisación&#8230;</strong></p>
<p>–Me pillaste por una esquina (risas). Es una improvisación sostenida y reiterada en el tiempo&#8230;</p>
<p>(Tomado de <a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-19774-2010-11-01.html"><em>Página 12</em></a>)</p>
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