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	<title>Comentarios en: ‘Contra una vuelta a la normalidad’. Por 200 personalidades de la cultura y la ciencia mundiales</title>
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	<description>...Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado.                        Rubén Martínez Villena</description>
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		<title>Por: Sin-permiso</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Sin-permiso]]></dc:creator>
		<pubDate>Sat, 09 May 2020 15:16:29 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Me pregunto qué clase de anormalidad es la que reivindican estos bienintencionados y admirados firmantes, amantes del arte y del realismo mágico (algunos también del surrealismo). Se suponía que el desarrollo cognitivo de nuestra especie era para emanciparse de un mundo caótico, para planificar anticipadamente las coordenadas básicas de su

del proceso vital, para garantizar derechos a todos los individuos y para lograr un control interno basado en el conocimiento científico frente a todos los acontecimientos vitales (incluida la muerte). El hecho de que sigamos viviendo en un mundo caótico y que busquemos respuesta a muchas preguntas en la fantasía de la religión demuestra lo poco que hemos avanzado en nuestra relación con la naturaleza y nosotros mismos tras milenios de barbarie.
 
     Hasta qué punto tenemos claro de qué clase de normalidad nos queremos emancipar? En la nueva normalidad, el acto de llamar a la vida a más seres humanos a través de la procreación, la conducta más relevante con diferencia, se seguirá haciendo sin ningún tipo de garantías sociales y ambientales? Entre las cosas que ha destapado la pandemia, figura que 2000 millones de trabajadores operan en la economía informal, sin derechos de ningún tipo y una pavorosa vulnerabilidad, que les ha llevado a la disyuntiva de tener que elegir entre morir de hambre o de la enfermedad vírica. Se trata de la mitad de la población trabajadora del planeta, que vive en un mundo de penumbra, alegalidad y precariedad, no sólo en el ámbito laboral y todo lo que implica en supuestos de enfermedad, minusvalías o vejez sino también de derecho a la vivienda, educación o incluso legalidad civil, como los millones de venezolanos que ni cédula de identidad tenían antes de Chávez, equiparados al nivel de la fauna silvestre.

      Si de verdad nos queremos emancipar de la normalidad global, habría que empezar por otorgar a la procreación el máximo rango legal, social y cultural, que nunca tuvo por &quot;exigencia de guión&quot;, desde el momento en que garantizar los derechos de todos los miembros de la comunidad en armonía con el entorno (como han hecho siempre los bosquimanos del Kalahari y otras culturas) dejó de tener carácter prioritario y el hombre y su capacidad procreadora fueron esclavizadas al servicio de unos pocos privilegiados y su ambición de alcanzar máxima expresión y desarrollo como individuos. Desde el minuto cero de la nueva normalidad, los nacimientos tendrían que contar con todas las garantías sociales y ambientales, por lo que tendrían que ser deseados, responsables y planificados, recurri&#039;endose a una huelga de vientres planetaria en caso contrario pues el derecho a la paternidad no puede ser superior al derecho a una vida digna.

    Del capitalismo y su versión más devastadora (el neoliberalismo) hemos destacado a menudo muchos aspectos negativos pero hay uno al que no se le ha dado la importancia que merece: ser un modelo de crecimiento exponencial. Ello tiene graves implicaciones. Gracias a que nuestra especie produce una generación cada 20 años y a que cada día más personas son conscientes de que la paternidad debe ser ejercitada de forma deseada y responsable, todavía no nos hemos extinguido. Si produj&#039;eramos una generación cada 20 minutos ( como los virus y las bacterias) nos habríamos extinguido a los pocos días de dar comienzo la era del capitalismo, al ser un modelo de crecimiento exponencial (y de forma especial con el desarrollo tecnológico actual, que pone al alcance del hombre todos los recursos del planeta en las tres dimensiones y en el corto plazo).

     Nos podemos considerar inmensamente afortunados de no tener una tasa reproductiva como la de los microorganismos, pues los capitalistas, con cerebro de bacteria, lo habrían agotado todo hace mucho tiempo de haber existido suficiente fuerza de trabajo y consumo. Nos guste o no, lo que somos a nivel cognitivo y a nivel evolutivo como especie se lo debemos a nuestra baja tasa reproductiva y a que necesitamos 20 años de madurez y aprendizaje para ser adultos. Imaginemos lo que podríamos ser ahora de haber profundizado en una procreación responsable y en armonía con el medio ambiente.

      El fallo de la célula maligna capitalista reside en la fórmula: D-M-D&#039;, que significa inversión de capital en medios de producción para multiplicar aquel, a ser posible de forma exponencial, sin que importen las consecuencias negativas sobre la especie humana, el medio ambiente y las generaciones futuras. No es tanto el efecto devastador que está causando la economía real actual (con ser mucho y en parte irreversible) como el que promete causar la punta de lanza: el capital financiero, diez veces superior, al que también hay que darle de comer para que produzca renta. Es este capital financiero el que no para de diseñar proyectos de futuro que prometen trasladarnos pronto al Apocalipsis. Ya se trate de proyectos que tengan que ver con la roturación de la Amazonía, la explotación de los casquetes polares derretidos, la reparación de los devastadores efectos del cambio climático, nuevas guerras de rapiña,  derivados financieros y otras operaciones de casino, la expansión de la deuda pública y privada hasta el infinito y cualquier cosa que pueda hacer productivo al capital financiero ocioso, el Apocalipsis está servido y está claro de que sólo hay una forma de evitarlo: la reforma del derecho de propiedad.

     El derecho de propiedad debería ser básicamente público y estar al servicio del interés general en armonía con el medio ambiente y las generaciones futuras. Bajo ningún concepto nadie debería tener un derecho de propiedad erga omnes por encima de sus necesidades, con un pequeño margen por el hecho de que existe variabilidad genética y reconociendo quizá el derecho a una renta básica universal para garantizar el derecho a la libertad y espiritualidad plena, la completa emancipación, aunque no creo que nadie sintiera su necesidad formando parte de una sociedad basada en la cooperación, el humanismo, la solidaridad, el arte y la armonía con el medio ambiente. Todas esas grandes fortunas privadas que amenazan nuestra supervivencia con su devastador crecimiento exponencial serían confiscadas y depuradas de sus inútiles excedentes de capital y al periodo trascurrido lo denominariamos paleoantropoceno, que habría que arrojar al basurero de la Historia.]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Me pregunto qué clase de anormalidad es la que reivindican estos bienintencionados y admirados firmantes, amantes del arte y del realismo mágico (algunos también del surrealismo). Se suponía que el desarrollo cognitivo de nuestra especie era para emanciparse de un mundo caótico, para planificar anticipadamente las coordenadas básicas de su</p>
<p>del proceso vital, para garantizar derechos a todos los individuos y para lograr un control interno basado en el conocimiento científico frente a todos los acontecimientos vitales (incluida la muerte). El hecho de que sigamos viviendo en un mundo caótico y que busquemos respuesta a muchas preguntas en la fantasía de la religión demuestra lo poco que hemos avanzado en nuestra relación con la naturaleza y nosotros mismos tras milenios de barbarie.</p>
<p>     Hasta qué punto tenemos claro de qué clase de normalidad nos queremos emancipar? En la nueva normalidad, el acto de llamar a la vida a más seres humanos a través de la procreación, la conducta más relevante con diferencia, se seguirá haciendo sin ningún tipo de garantías sociales y ambientales? Entre las cosas que ha destapado la pandemia, figura que 2000 millones de trabajadores operan en la economía informal, sin derechos de ningún tipo y una pavorosa vulnerabilidad, que les ha llevado a la disyuntiva de tener que elegir entre morir de hambre o de la enfermedad vírica. Se trata de la mitad de la población trabajadora del planeta, que vive en un mundo de penumbra, alegalidad y precariedad, no sólo en el ámbito laboral y todo lo que implica en supuestos de enfermedad, minusvalías o vejez sino también de derecho a la vivienda, educación o incluso legalidad civil, como los millones de venezolanos que ni cédula de identidad tenían antes de Chávez, equiparados al nivel de la fauna silvestre.</p>
<p>      Si de verdad nos queremos emancipar de la normalidad global, habría que empezar por otorgar a la procreación el máximo rango legal, social y cultural, que nunca tuvo por &#8220;exigencia de guión&#8221;, desde el momento en que garantizar los derechos de todos los miembros de la comunidad en armonía con el entorno (como han hecho siempre los bosquimanos del Kalahari y otras culturas) dejó de tener carácter prioritario y el hombre y su capacidad procreadora fueron esclavizadas al servicio de unos pocos privilegiados y su ambición de alcanzar máxima expresión y desarrollo como individuos. Desde el minuto cero de la nueva normalidad, los nacimientos tendrían que contar con todas las garantías sociales y ambientales, por lo que tendrían que ser deseados, responsables y planificados, recurri&#8217;endose a una huelga de vientres planetaria en caso contrario pues el derecho a la paternidad no puede ser superior al derecho a una vida digna.</p>
<p>    Del capitalismo y su versión más devastadora (el neoliberalismo) hemos destacado a menudo muchos aspectos negativos pero hay uno al que no se le ha dado la importancia que merece: ser un modelo de crecimiento exponencial. Ello tiene graves implicaciones. Gracias a que nuestra especie produce una generación cada 20 años y a que cada día más personas son conscientes de que la paternidad debe ser ejercitada de forma deseada y responsable, todavía no nos hemos extinguido. Si produj&#8217;eramos una generación cada 20 minutos ( como los virus y las bacterias) nos habríamos extinguido a los pocos días de dar comienzo la era del capitalismo, al ser un modelo de crecimiento exponencial (y de forma especial con el desarrollo tecnológico actual, que pone al alcance del hombre todos los recursos del planeta en las tres dimensiones y en el corto plazo).</p>
<p>     Nos podemos considerar inmensamente afortunados de no tener una tasa reproductiva como la de los microorganismos, pues los capitalistas, con cerebro de bacteria, lo habrían agotado todo hace mucho tiempo de haber existido suficiente fuerza de trabajo y consumo. Nos guste o no, lo que somos a nivel cognitivo y a nivel evolutivo como especie se lo debemos a nuestra baja tasa reproductiva y a que necesitamos 20 años de madurez y aprendizaje para ser adultos. Imaginemos lo que podríamos ser ahora de haber profundizado en una procreación responsable y en armonía con el medio ambiente.</p>
<p>      El fallo de la célula maligna capitalista reside en la fórmula: D-M-D&#8217;, que significa inversión de capital en medios de producción para multiplicar aquel, a ser posible de forma exponencial, sin que importen las consecuencias negativas sobre la especie humana, el medio ambiente y las generaciones futuras. No es tanto el efecto devastador que está causando la economía real actual (con ser mucho y en parte irreversible) como el que promete causar la punta de lanza: el capital financiero, diez veces superior, al que también hay que darle de comer para que produzca renta. Es este capital financiero el que no para de diseñar proyectos de futuro que prometen trasladarnos pronto al Apocalipsis. Ya se trate de proyectos que tengan que ver con la roturación de la Amazonía, la explotación de los casquetes polares derretidos, la reparación de los devastadores efectos del cambio climático, nuevas guerras de rapiña,  derivados financieros y otras operaciones de casino, la expansión de la deuda pública y privada hasta el infinito y cualquier cosa que pueda hacer productivo al capital financiero ocioso, el Apocalipsis está servido y está claro de que sólo hay una forma de evitarlo: la reforma del derecho de propiedad.</p>
<p>     El derecho de propiedad debería ser básicamente público y estar al servicio del interés general en armonía con el medio ambiente y las generaciones futuras. Bajo ningún concepto nadie debería tener un derecho de propiedad erga omnes por encima de sus necesidades, con un pequeño margen por el hecho de que existe variabilidad genética y reconociendo quizá el derecho a una renta básica universal para garantizar el derecho a la libertad y espiritualidad plena, la completa emancipación, aunque no creo que nadie sintiera su necesidad formando parte de una sociedad basada en la cooperación, el humanismo, la solidaridad, el arte y la armonía con el medio ambiente. Todas esas grandes fortunas privadas que amenazan nuestra supervivencia con su devastador crecimiento exponencial serían confiscadas y depuradas de sus inútiles excedentes de capital y al periodo trascurrido lo denominariamos paleoantropoceno, que habría que arrojar al basurero de la Historia.</p>
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