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	<title>Comentarios en: Silvio Rodríguez renueva en los jóvenes a Martínez Villena</title>
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	<description>...Oh, la pupila insomne y el párpado cerrado.                        Rubén Martínez Villena</description>
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		<title>Por: Diana Margarita Ruiz</title>
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		<dc:creator><![CDATA[Diana Margarita Ruiz]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 21 Dec 2010 17:22:01 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[Y eso, digo yo, sienten los que no esperan nada y los que lo esperan todo al mismo tiempo, nosotros los locos que no hemos sufrido los terrores del Calvario ni resucitado al tercer día entre los muertos, pero hemos padecido por nuestro trabajo dentro de la literatura el dolor de los sin voz y sin destino, la angustia existencial de los poetas y escritores que moribundean por allí sin que nadie los valore ni se percate de sus vidas; la miseria de miles de hombres y mujeres, jóvenes, viejos y niños que viven en casas miserables en el campo y se acuestan sin haberse llevado un pan a la boca víctimas de la pobreza mas extrema. Y ese puede ser quizás nuestro peor clavo, nuestra dolorosa lanza, nuestra más cruel espina. No fueron los que afectaron los nervios sensitivos de Jesús. Los clavos que a nosotros nos clavaron y que activaron asaz nuestra más legítima locura, los hundieron con saña en donde también duelen: en el alma, pero han servido para ponerle medula y corazón al trabajo literario que Dios nos ha legado y para andar por allí / locos del cuerno como somos (se necesita estar loco de remate para seguir escribiendo en un mundo donde pocos leen/ preocupados en recomponer el alma de los pueblos, en reconocer las maravillas de Dios en el paisaje, en evitar la destrucción del planeta, en hacer algo urgente por una sociedad de manicomio que honra a sus delincuentes en lugar de sus hijos honorables, que ningunea a sus poetas y escritores y artistas y distingue a sus políticos nefastos, y su barco no sabe adonde va, camino cuesta abajo. Sufriendo de dolor, muriéndonos de pena por un mundo ganado por la miseria moral y los desvalores. Y nuestra literatura intenta por eso traducir no solo la fiesta de un pueblo necesitado de argumentos, sino ese dolor que patea todos los tableros, que no disimula para expresar lo que siente, que se hincha de orgullo frente a la ilusión y la esperanza, que sabe lo que vale, y que le resulta imprescindible ganarle territorio a la desgracia.]]></description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Y eso, digo yo, sienten los que no esperan nada y los que lo esperan todo al mismo tiempo, nosotros los locos que no hemos sufrido los terrores del Calvario ni resucitado al tercer día entre los muertos, pero hemos padecido por nuestro trabajo dentro de la literatura el dolor de los sin voz y sin destino, la angustia existencial de los poetas y escritores que moribundean por allí sin que nadie los valore ni se percate de sus vidas; la miseria de miles de hombres y mujeres, jóvenes, viejos y niños que viven en casas miserables en el campo y se acuestan sin haberse llevado un pan a la boca víctimas de la pobreza mas extrema. Y ese puede ser quizás nuestro peor clavo, nuestra dolorosa lanza, nuestra más cruel espina. No fueron los que afectaron los nervios sensitivos de Jesús. Los clavos que a nosotros nos clavaron y que activaron asaz nuestra más legítima locura, los hundieron con saña en donde también duelen: en el alma, pero han servido para ponerle medula y corazón al trabajo literario que Dios nos ha legado y para andar por allí / locos del cuerno como somos (se necesita estar loco de remate para seguir escribiendo en un mundo donde pocos leen/ preocupados en recomponer el alma de los pueblos, en reconocer las maravillas de Dios en el paisaje, en evitar la destrucción del planeta, en hacer algo urgente por una sociedad de manicomio que honra a sus delincuentes en lugar de sus hijos honorables, que ningunea a sus poetas y escritores y artistas y distingue a sus políticos nefastos, y su barco no sabe adonde va, camino cuesta abajo. Sufriendo de dolor, muriéndonos de pena por un mundo ganado por la miseria moral y los desvalores. Y nuestra literatura intenta por eso traducir no solo la fiesta de un pueblo necesitado de argumentos, sino ese dolor que patea todos los tableros, que no disimula para expresar lo que siente, que se hincha de orgullo frente a la ilusión y la esperanza, que sabe lo que vale, y que le resulta imprescindible ganarle territorio a la desgracia.</p>
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